El Zen y la Barrera Sin Puertas

“La iluminación siempre viene después de que
el sendero del pensamiento está bloqueado.”
-Mumon

Muy arriba en mi lista de defectos se encuentra mi costumbre a pensar demasiado, que no es enteramente mala. Me permite ser analítico en la toma de decisiones importantes, pero en exceso las retrasa o las paraliza. Como contrapunto, una de las características más importantes del budismo zen es el énfasis en “estar presente”, en vivir y apreciar cada momento sin dejar que la mente quede anclada en ningún pensamiento y se mantenga en flujo.

Mi primera interacción con el zen sucedió cuando leí por primera vez la novela “Musashi” de Eiji Yoshikawa, así como “Vagabond”, su adaptación en manga. El protagonista es Takezo, un joven guerrero hambriento de fama que busca ser el mejor espadachín de Japón para compensar una vida llena de maltratos. Takezo avanza como espadachín gracias a su ferocidad y fuerza bruta, pero es el monje Takuan quien le muestra los límites de éstas. Takezo es entonces bautizado con el nombre de Miyamoto Musashi y comienza un peregrinaje por todo Japón, puliendo su espíritu marcial y en el proceso venciéndose a sí mismo.

Este interés en las artes marciales me llevó al zen, a través del cual adopté una nueva filosofía de vida.

Justo como su antecesor el daoísmo chino, el zen habla de una sabiduría que no está encerrada en ningún texto, oración, ritual o parábola. Es incontenible porque es 100% vivencial y 100% subjetiva. Acorde a los escritos de Takuan, la mente de un hombre iluminado (o de un santo, por usar un término más occidental) no tiene nada de diferente a la mente de un tonto, de un principiante. Es como el músico que toca sin obstáculos y con total naturalidad después de años de práctica y dedicación; ya no se detiene a pensar en notas o en escalas, dejando que la música fluya como una extensión de su ser.

Martin Luther King Jr. junto a Thich Nhat Hanh, maestro zen contemporáneo

La única herramienta didáctica del zen son los koan, una serie de parábolas y acertijos completamente absurdos. Estos koan eran originalmente transmitidos de una generación de maestros a la siguiente y su objetivo era liberar a la mente de los esquemas rígidos del pensamiento. El más famoso de ellos es aquel en el que un monje le pregunta a Joshu, un legendario maestro, si un perro tiene o no la naturaleza de Buda. La inmediata y enigmática respuesta de Joshu es “Mu”. “Nada”. ¿Por qué respondió eso? La solución de cada persona es diferente, un reflejo evidente de su agudeza mental y atención espiritual.

La intención más profunda del zen, justo como en todas las ramas del budismo, es cesar el apego o “dukkha” que forma la raíz de todo el sufrimiento en el mundo. El zen busca hacerlo –según las palabras del maestro moderno Thich Nhat Hanh– mediante la aceptación de que nada (objeto, ser, acción o idea) existe por sí solo y que el universo está en constante cambio en el sentido figurativo y literal. Reconocer esta inpermanencia es el primer paso hacia una vida más atenta a las maravillas y retos que encontramos día con día.

Con toda certeza el zen me ha dado un eje espiritual para ser más paciente, más compasivo y más observador. Por eso los invito a encontrar una religión, una filosofía, una dirección en la vida, lo que sea, cualquiera. Incluso si gozas de buena salud y estabilidad económica, la dirección espiritual también es importante. Mejor que una vida cómoda es una vida con propósito.

Si les interesa conocer más acerca del zen, les recomiendo el canal de YouTube de Zenwest.

Eshu Martin, abad de Zenwest en Victoria, Canadá.

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