Victoria

Victoria
de mis dedos, de mi mente,
de mi alma, de mi corazón,
de mis sueños.

Permite que te cuente sobre mis victorias,
los tesoros que ahora flotan
sobre el témpano de mi antigua religión,
la de los errores y el desprecio
y las palabras huecas, míseras, resecas,
aquel montículo de grava que fue mi montaña
cuando el horizonte no era más que
una muralla de oscuridad
que en vez de desmoronarse se recorría,
una jaula única en el mundo
por transportarse junto a su prisionero
otorgándole una libertad farsante.
El hombre es testigo del genio del artista,
de sus retratos de las realidades hermanas,
internas y externas,
y del cisma que existe entre ellas;
pero el hombre no ve el sufrimiento del artista,
el precipicio eterno entre visión y habilidad
y las fuerzas que le impiden cruzarlo.

El artista es el veterano de justas privadas,
la víctima sumisa de aspiraciones increíbles,
la carroña para bestias rapaces que se dan un festín
con sueños frágiles y hermosos y ajenos
porque son incapaces de cosechar los propios.

El artista es el fruto de la disciplina,
el verano permanente de nuestra especie,
y sus victorias surgen desde la profundidad recóndita,
un obelisco construido metro por metro
que después de mucho esfuerzo
rompe las olas y saluda al mundo,
erguido sobre la columna vertebral de voces eternas,
ecos de verdades milenarias.

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