TURISTA CULTURAL: El appeal de la música barroca

Bach y Vivaldi en catedral.

Llega la revolución industrial. El motor de combustión interna acelera el progreso de la humanidad, primero con la locomotora y después con el automóvil. Inicia una era donde la razón y la ciencia destronan a la superstición. Los médicos atienden a sus pacientes con medicamentos en vez de sanguijuelas. El siglo XVII fue hace tiempo, por ponerlo de un modo. El arte barroco no debería tener lugar en esta era de lógica y escepticismo radical.

Musicalmente hablando, los compositores barrocos Johann Sebastian Bach y Antonio Vivaldi utilizaron e innovaron diferentes recursos para expresar su devoción a Dios. ¿Cómo es entonces que este arte casi exclusivamente religioso cautiva al público moderno? La religiosidad resulta irrelevante. Será multiplicadora de la experiencia mas no requisito; la música barroca ofrece encima de todo una conexión visceral con lo sublime. Las melodías de los compositores anteriormente mencionados entran en contacto directo con la espiritualidad latente del ser humano. El nivel de excelencia de sus obras es tal que, pese a sus coros y arreglos anacrónicos, los virtuosos musicales del mundo se desviven aprendiéndolas y dominándolas.

Esto no significa que toda la música barroca sea sacra. Vivaldi en particular es más famoso por sus conciertos “Las cuatro estaciones”. Los allegros de Primavera e Invierno son sin lugar a duda algunas de las piezas orquestales más icónicas y reconocibles de la historia.

La decisión de celebrar este concierto en la catedral en vez de la Casa de la Cultura fue acertada tanto por el contexto religioso de la música como por la solemnidad del interior del edificio y, sorprendentemente, la acústica que posee. Hace poco entré en la catedral y lo primero que noté es el inmenso silencio que merodea ahí cuando no hay misa. Es inquietante, como la ansiedad cuando cargas algo frágil. Yo sería incapaz de entrar al confesionario ahí donde parece que se escuchará hasta el más mínimo susurro. Me pregunto si los músicos de la orquesta notaron esa serenidad y tuvieron miedo de quebrantarla en los momentos previos al concierto.

Este Jueves Santo los invito a reflexionar sobre la convergencia de arte y religión que ocurre en las diferentes culturas del mundo, desde los mandalas hindúes, las estatuas japonesas de deidades sintoístas, los coros gozosos del gospel americano, el altar de muertos michoacano y, por supuesto, la música barroca de Europa. Tampoco olvidemos a Notre Dame, ícono religioso pero además patrimonio de la humanidad recién afectado por una terrible catástrofe.

Independientemente de nuestras creencias —o nuestra elección de no tenerlas—, no nos hacemos ningún favor privándonos de la oportunidad de disfrutar estas increíbles obras de arte.

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Esta columna apareció originalmente el 18 de abril del 2019 en La Voz de la Frontera.


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