SUICIDANTE JISEI: Reseña

El harakiri o seppuku, el suicidio como ritual de penitencia. Esta práctica perturba al mundo desde la Restauración Meiji, época en la que Japón finalmente abrió sus fronteras. A diferencia de la percepción occidental, que ve al suicidio como una escapatoria cobarde y un pecado, el seppuku es, acorde al autor Inazo Nitobe, la entrega de lo más valioso que tiene el ser humano: jinsei, japonés para “vida”.

En su libro “Suicidante Jisei”, el poeta sinaloense Luis Alfredo Gastélum explora el seppuku y sus idiosincrasias desde la perspectiva de los samurai, utilizando muchos de los términos originales para enriquecer su registro poético. En sus poemas habla de “zeppitsu”, una composición literaria escrita antes de morir; de “seiza”, la forma tradicional para sentarse y dar la estocada final; de “wakizashi”, el sable con el que el individuo abrirá su estómago; de “kaishakunin”, el espadachín testigo que decapita al suicida una vez que el ritual está completo.

La segunda parte del poemario concierne a las secuelas del seppuku. Aquí el autor explora la lírica tradicional japonesa, además de su métrica, evocando imágenes de quienes perdieron a un familiar, así como soldados japoneses en el frente del Pacífico que consideraron aquella opción.

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El libro cierra con un contraste del suicidio entre ambas culturas, tanto la occidental como la japonesa. Aquí Gastélum habla no de guerreros samurai limpiando una deshonra, sino de figuras literarias como Sylvia Plath, Virginia Woolf, Alfonsina Storni y Alejandra Pizarnik, quienes tomaron su propia vida para acabar con sufrimientos indescriptibles, como lo es el cáncer, la depresión o una infidelidad. Es vital recalcar que ninguna de estas mujeres murió de forma violenta, optando por el ahogamiento, la ingestión de pastillas o la inhalación de gas de cocina.

¿Demostraron ellas la misma nobleza que los samurai? ¿Existe realmente una cualidad admirable en un final de este tipo, o de cualquier otro tipo si a eso vamos? Éstas son las preguntas que explora el autor, quien en un fragmento declara: “La lírica de tu carne fue la carne de tu lírica, ¿y la muerte? simplemente tu amiga,” y más contundente aún, “Siempre fue la poesía un pequeño mar; hiciste bien en ahogarte, hiciste bien.”

En Japón se dice que moriremos con uno de dos rostros: uno es “munenkubi”, el rostro del arrepentimiento, del individuo aferrado a la vida; el otro es “shoyokubi”, el rostro de la aceptación y la paz. Independiente de cuál rostro llevemos al partir, las tradiciones sintoístas indican que somos absueltos de nuestros pecados, crímenes y fracasos una vez que regresamos al ciclo de la reencarnación. Al librarnos de lo terrenal, nos liberamos también de aquello que manchó nuestra esencia. En este respecto y contra todo pronóstico, los guerreros samurais y las escritoras mencionadas en este libro son idénticos.

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