Rollins: El Hombre que Explota

Henry Rollins es una máquina que no dejará de trabajar hasta que el combustible—en su caso la ira y la ansiedad–se agote o los componentes se desgasten. Es sencillo entender de dónde viene la franqueza de todo su trabajo artístico, desde los monólogos hasta las letras de sus canciones. A sus casi sesenta años–cuarenta de ellos de trayectoria artística–todo se remonta al miedo irracional a volver a ser el supervisor de una nevería en Washington D.C. y regresar a una vida ordinaria.

Sus puntos fuertes como artista son la franqueza y brutalidad con las que expresa sus opiniones sobre el mundo y sobre sí mismo. Para Henry Rollins no existe hombre más patético, más vulnerable ni más ignorante que él mismo. De ahí proviene su filosofía en torno al arte: ningún acto creativo vale la pena si no te expone o no destruye tu zona de confort, algo que llama “querer explotar lo más posible”.

A través de los años Rollins ha dejado claro que siempre tiene un pie sobre el precipicio de lo desconocido. Después de crecer en un ambiente familiar tóxico, de vivir una vida estancada y de presenciar el asesinato de su mejor amigo, su tolerancia al miedo y al fracaso no tiene precedentes. Cada oferta que le hacen es un reto que enfrenta con temple hipermasculino. “¿Escribir? ¿Cantar? ¿Actuar? ¡Hagámoslo!” “¿Sabes cómo?” “No. ¿Y qué?”

Yo ya conocía un poco de él por su viejo sencillo “Liar”, pero quedé hipnotizado con su presencia después de verlo en el canal de YouTube “Big Think” y de escucharlo en su entrevista de dos horas en The Joe Rogan Experience. Rollins es una mezcla envidiable de sabiduría profunda y energía frenética. Tiene la capacidad de impartir grandes lecciones y el ímpetu para hacerlas inolvidables.

Lo más atractivo de su filosofía es lo apolítica que es. Si bien al escucharlo se pueden intuir sus posiciones liberales ante el matrimonio gay, la igualdad de género y de raza, su trabajo más incisivo siempre es personal. Sólo hace falta leer una de mis citas favoritas:

“El cinismo es cobardía intelectual.”

Acorde a Rollins, un “cínico en rehabilitación”, el cinismo facilita nuestro entendimiento del mundo a través de generalizaciones. Si el cínico profesa que toda la humanidad es mala, codiciosa, ignorante y cruel, no tiene que matizar sus opiniones. Miles de vidas y millones de circunstancias atenuantes son reemplazadas por estereotipos e ideas absolutas. El cínico confiesa que la vida le ha enseñado a ser intolerante, inflexible y desconfiado y que esto es su derecho. La vida lo ha hecho duro, cuando en realidad es mucho más probable que tiene miedo a ser lastimado o sufrir una desilusión.

Si un hombre con un pasado trágico como el de Henry Rollins puede abandonar el cinismo y confirmarlo por lo que es, una salida fácil a la complejidad de la vida, ¿por qué nosotros no? Y ésa es quizá su cualidad más interesante. Él experimenta con su corazón y nos muestra lo que ha descubierto para que así aprendamos algo nuevo y sepamos que, estemos donde estemos, no somos los únicos que hemos sufrido. Sus ideas tienen una cualidad atemporal y universal ya que ignora cualquier análisis de la actualidad y se concentra en nuestros conflictos internos, especialmente aquellos que no queremos reconocer y nos avergüenzan.

Justo como Schopenhauer dijo en su ensayo sobre autoría y estilo, el mayor atributo de un artista es el utilizar palabras comunes para expresar ideas descomunales. En el caso de Henry Rollins, lo descomunal de sus ideas viene no de su originalidad sino de la cobardía que tenemos la mayoría de nosotros al confrontarlas. Un verso tal como “Es difícil estar solo pero es peor estar contigo” contiene una energía indudable en su simplicidad, y esa simplicidad por supuesto es engañosa. Sólo puede venir de alguien entregado a la introspección y la expresión artística.

Rollins es la mejor prueba de que se puede ser cortante, vulgar e incómodamente directo además de ser artista. Existe belleza en la verdad, no importa que tan cruel o espantosa sea.

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