Persiguiendo a la Razón

Las redes sociales son una herramienta poderosa. En la era de la posverdad, los hechos están en oferta y las mentiras se legitimizan si se repiten lo suficiente. La gente ahora consume noticias en base a sus emociones y sus prejuicios, optando por aceptar únicamente información que valide ambos. Bandos políticos opuestos se atacan constantemente, incapaces de aceptar sus similitudes.

Andrés Sepúlveda, reconocido hacker de elecciones políticas.

Facebook y Twitter han borrado todas las fronteras excepto las ideológicas. Así se explica la sorpresiva victoria de Donald Trump en la elección presidencial norteamericana del 2016. Millones de liberales americanos veían la candidatura del magnate y exestrella de reality shows como una burla. Ignoraban, por supuesto, que estaban encerrados en una cámara de ecos dentro de la que se transmitía sólo aquello que querían escuchar; ignoraban que los simpatizantes de Trump eran algo más que una caricatura racista y autoritaria, que las personas intimidadas y rezagadas por las reformas de Barack Obama estaban listas para empujar de vuelta.

México enfrenta una situación similar. Toda la discusión política hasta el momento converge en si este próximo 1 de julio votaremos o no por Andrés Manuel López Obrador. Ya hay personas en redes sociales llamándolo el literal Anticristo o una especie de libertador bolivariano, disculpando la hipérbole. “Chairo”, “pejezombie”, “progre”, “neoliberal”, “acarreado” y “PRIANdejo” son los insultos a la orden del día.

Mi objetivo no es ser proselitista sino analizar el ambiente de intolerancia que prevalece en toda discusión–al menos en línea–al respecto. Esta intolerancia por sí sola es humana, una desafortunada secuela de nuestros milenarios instintos tribales. Ni mexicano ni americano ni derechista ni izquierdista está exento de ella; pero si continúa sin oposición, seremos una nación dividida y por consecuencia sin dirección. No nos espera nada bueno si no se plantea un diálogo con aquellos con opiniones opuestas a las nuestras. Todos somos un país.

La intolerancia es un fenómeno humano, y por lo tanto, apolítico. Sabemos qué es, pero ¿sabemos cómo se manifiesta? Acorde al artículo “La Libertad de Expresión y la Huida de la Razón” escrito por el profesor de filosofía Piers Benn, las actitud intolerantes se resumen en diez características.

  1. Confianza excesiva en la “autoridad” de los sentimientos.

Vivimos, acorde al profesor Benn, en una sociedad que celebra las emociones intensas haciendo caso omiso de qué las origina. Por lo tanto, aquellos que parecen más molestos o más afectados parecen tener la razón.

  1. Indiferencia a la caridad.

¿Cuántas veces nos detenemos a analizar comentarios que nos molestan? ¿Qué tan frecuentemente nos preguntamos si alguien dijo X cuando en realidad trató de decir Y? La mente intolerante no se toma el tiempo para cuestionar las intenciones de quienes opinan más allá de lo superficial. Esto se observa con frecuencia en el tema de feminicidios en México, donde los intolerantes interpretan que traer atención al asesinato de tantas mujeres niega o invalida a víctimas masculinas de homicidio. La indiferencia a la caridad es también una tendencia a asumir lo peor.

  1. Culpa por asociación.

Sin importar que tan válido sea nuestro punto, si éste también lo ha hecho una fuente despreciada por quienes nos escuchan, nos ganará también su desaprobación. Esta tendencia hacia los absolutos se repite en las actitudes intolerantes y, por lo tanto, esta lista.

  1. Normalización de la hipérbole.

El lenguaje utilizado en discusiones políticas se ha tornado excesivo. La mente intolerante ve la exageración –sobre todo de cifras– como una herramienta válida para defender su posición.

  1. La falacia genética.

Algunas ideas son invalidadas por el intolerante sólo por su origen. Un ejemplo: cualquier idea existente durante la Nueva España es categóricamente mala por ser éste un periodo caracterizado por explotación e injusticia. Este tipo de asociación excluye por conveniencia las ideas de actores políticos con los que no simpatizamos.

  1. Relativismo oportunista.

Algunos intolerantes descartan ideas si sólo tienen validez desde una perspectiva ajena, haciendo en el proceso su posición la única válida y “justa”.

  1. Una mentalidad maniqueísta.

Esta característica se refiere a cómo el intolerante no sabe distinguir niveles ni intensidad, pensando –nuevamente– sólo en absolutos. Ejemplo: Si un acto es percibido como sexista pero no tan sexista, para los intolerantes esto equivaldría a decir que no es sexista del todo; si un candidato parece menos corrupto o menos desconfiable, para el intolerante equivaldría a considerarlo inocente.

  1. La experiencia del renacido.

Quienes son recién convertidos a una nueva filosofía, postura política o religión suelen reinterpretar sus experiencias pasadas para acomodarlas a su nueva forma de pensar, perdiendo así la objetividad.

  1. Una ausencia de misericordia.

Si una persona funcional y sana agravia a alguien de algún modo, lo sano sería admitirlo, disculparse y tratar de mejorar. Sin embargo, una vez que el intolerante se ha percibido como víctima, jamás sabrá seguir adelante y dejar la ofensa atrás. Ésta es tal vez la característica más visible del intolerante, sobre todo en cuestiones de teoría de género.

Un claro ejemplo es la reacción negativa que Mike Krahulik, autor del webcómic Penny Arcade, recibió tras hacer comentarios percibidos por una sección de la comunidad LGBT como transfóbicos. Pese a admitir su error, disculparse e incluso hacer una donación a una línea de ayuda para jóvenes LGBT en crisis, sus críticos exigieron una mayor penitencia y continuaron convocando boicots. Como es de esperarse, Krahulik dejó el incidente atrás aunque aún se rehúsan a perdonarlo. De esto hace cinco años.

  1. Hipervigilancia ideológica.

Coloquialmente, “ideología” es sinónimo de creencias sociales y políticas; en el contexto marxista original es el conjunto de mitos que justifican poder y jerarquía en una sociedad. La hipervigilancia aplica a ambas definiciones, clamando que las palabras contienen suficiente poder para lastimar y ofender. Esto lo vemos manifestado en la corrección política (political correctness), la neurosis en que muchos caen en sus intentos por evitar agraviar u ofender a terceros. Paradójicamente, esta tendencia al lenguaje anodino y este miedo a ofender son el resultado de los nueve puntos anteriores, que juntos se vuelven una tendencia hacia la victimización y la compulsión de vengar cualquier injusticia social, incluyendo las erróneamente percibidas.

Y éstas son, en grandes rasgos, diez características de las mentes intolerantes, características que no se exhiben por sí solas ni son delimitadas con facilidad. Ahora que se ha descrito la enfermedad, ¿cuál es la cura? Según el profesor Benn, la cura reside en Sobre La Libertad de John Stuart Mill. Primero, debemos entender que cualquier intento de censura–no de crítica, que no podría ser más distinto–hacia ideas aberrantes implica que aceptamos nuestra falibilidad. ¿Por qué tememos discutir ideas que sabemos con certeza son tóxicas, discriminatorias y racistas? ¿Por qué sentimos que el darles una plataforma para ser criticadas equivale a darles una plataforma para propagarse? Segundo, y tal vez más polémico, es el hecho de que hay algo de verdad en todos los lados de una disputa. Esta verdad no se hará completa si cada uno se rehúsa a abrir las puertas al diálogo y al intercambio de ideas.

Todo indica que el discurso sociopolítico en el mundo avanza con rapidez hacia la paranoia, el separatismo, la censura, la persecución de quienes cuestionan lo “aceptable”–¿y eso quién lo decide?–y un rechazo hostil hacia el rol de víctima. En México también. El remedio se encuentra en la razón, la objetividad y la compasión. El momento que nos veamos reflejados en el prójimo y reconozcamos en él nuestras similitudes y nuestros prejuicios, podremos dejar esta era de victimización atrás. Una vez que dejemos de luchar por dividirnos encontraremos que la verdadera libertad existe no en la separación, sino en la unión.

MATERIAL ADICIONAL

¿Qué es Cambridge Analytica? – CNN en español
Cómo Hackear Una Elección – Bloomberg

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *