Cuatro Obsesiones

A. E. Hotchner narra en sus memorias una visita a Ernest Hemingway, su amigo entrañable, durante su estadía en un hospital psiquiátrico. Hemingway padecía de depresión crónica, paranoia y delirios de persecución que incrementaron tras dos accidentes aéreos consecutivos en África. Juraba que el FBI lo tenía monitoreado por sus posibles nexos con el régimen comunista en Cuba, que los doctores y enfermeras del hospital eran en realidad agentes en cubierto y que el teléfono afuera de su habitación estaba intervenido. La terapia de electroshock a la que lo sometían por insistencia de Mary, su cuarta esposa, poco hacía para calmar sus crisis; al contrario, las intensificaba al grado que olvidaba hasta su propio nombre.

“A pesar del dolor que hostigaba a estas personas, fueron capaces de manifestarlo en arte que hace mucho consumió la mancha negra de su muerte.”

El dolor del electroshock y la angustia por la pérdida de sus facultades era tal que Hemingway estaba listo para morir. Antes de ser internado buscó suicidarse en dos ocasiones, en una caminando hacia la hélice activa de una avioneta y en otra tratando de darse un tiro. En ambas situaciones tuvieron que luchar con él para contenerlo. Su tercer intento sucedió en su casa de Idaho, en 1961.

Esa vez finalmente tuvo éxito.

La visita de Hotchner sucedió escasas semanas antes de esta tragedia, y fue durante de ella que Hemingway reveló lo que realmente lo consumía.

Antes de alcanzar la fama con su novela Fiesta, Hemingway vivía en austeridad con su esposa Hadley y su hijo Jack. Pese a que a veces comían una sola vez al día —si es que del todo— la familia vivía relativamente feliz. Hadley estaba ahí en las buenas y en las malas, y fue ella quien alentó a Hemingway a perseverar cada que sus historias eran rechazadas por las revistas literarias. Era su pilar.

Desafortunadamente, Hemingway cayó presa de la tentación cuando Pauline Pfeiffer, una heredera y socialité, entró a su vida. Pauline lo bañó en halagos y detalles hasta seducirlo.

A.E. Hotchner y Ernest Hemingway

Cuando Hadley le otorgó el divorcio y él y Pauline finalmente se casaron, Hemingway reconoció su error. Pauline lo trataba como a un trofeo, rodeándolo de lujos y presumiéndolo a sus amistades. Lo habían encerrado en una jaula de oro, lejos de la aventura y la dificultad que esculpieron su carácter.

Hemingway, el escritor inepto, inseguro, fue quien se enamoró de Pauline; en cambio Hemingway el hombre jamás dejó de amar a Hadley aún después de 40 años, después de tres matrimonios, después del Nobel, después de todo. En sus últimos días se mortificaba por haber ignorado el verdadero amor.

Él no fue el único escritor consumido por la obsesión. Diez años antes, en 1948, el japonés Osamu Dazai tomó su propia vida poco después de terminar Indigno de ser humano, una obra maestra autobiográfica en la que exhibe secuelas de un complejo desorden postraumático, un historial de abuso sexual y aislamiento emocional. Dazai seguía los pasos de su ídolo Ryunosuke Akutagawa, quien en 1927 también tomó su propia vida tras el desplome de su salud mental. Se dice que a Akutagawa le aterraba pensar que heredó la locura que consumió a su madre.

Por si fuera poco, Hunter S. Thompson, padre del periodismo gonzo y escritor de joyas como Miedo y odio en Las Vegas y Miedo y odio en la campaña del ’72, terminó también con su vida en el 2005. En su nota de despedida lamentaba su vejez, siempre leal a la idea de vivir intensamente y morir joven. Una figura monolítica de la izquierda americana, un crítico del autoritarismo que engendró a Richard Nixon, Thompson falleció en un periodo en el que irónicamente el miedo y el odio unificaron a su país bajo el mando del presidente republicano George W. Bush.

Hunter S. Thompson frente a su máquina de escribir

Dicen que la depresión nace de una obsesión con el pasado y la ansiedad de una obsesión con el futuro. Los cuatro hombres que mencioné acabaron con su vida porque su mente estaba encerrada en otro tiempo, puesta bajo llave por eventos traumáticos o paraísos inalcanzables, memorias en cualquier caso. Cuando leí Hemingway in Love —la memoria más reciente de A.E. Hotchner— me di cuenta que esta agonía sofocada unía a cuatro de mis autores favoritos.

Osamu Dazai tomó su propia vida junto con Tomie, su amante, en un pacto suicida. Dazai trató de hacer lo mismo con otra amante anteriormente, pero sobrevivió.

No pretendo ser mórbido ni vano comparándome con ellos. Nos une el mismo oficio aunque nuestras historias divergen, pero ni así puedo evitar observar cómo algunas de las personas que admiro sucumbieron a sus obsesiones. El mismo mundo interno del que extrajeron tales maravillas como Rashomon, Indigno de ser humano, Las nieves del Kilimanyaro y otros, fue el mismo que los inmortalizó y los consumió.

No hay forma de saber si sin advertirlo ya cometí un error catastrófico que me perseguirá por el resto de mis días. Prefiero que mi perspectiva sea otra: que a pesar del dolor que hostigaba a estas personas, fueron capaces de manifestarlo en arte que hace mucho consumió la mancha negra de su muerte, como una mota de polvo perdida en el océano. Su dolor quedó canonizado para la admiración de otros, sí, pero también sirve de espejo para aquellos que poseen demonios parecidos y todavía no los reconocen.


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