Nuevo Material para un Molde Viejo

Desde que tengo uso de razón dicen que los jóvenes son holgazanes, groseros, vanidosos e idiotas. Los motivos cambiarán pero las quejas no.

“Ya no leen” “Son unos huevones” “Todo les vale”. Ser profesor de preparatoria hace muy fácil que caiga en estas actitudes, pero es precisamente por mi trabajo que debo ser el último en acabar desilusionado. Así como los chicos me dan sendas razones para dudar de su capacidad, también me han dado lecciones importantísimas sobre sus cualidades, sobre sus inquietudes y sobre el mundo que los espera.

Una de esas lecciones sucedió hace poco más de medio año con el 1-C, el grupo bajo mi tutorado. A pesar de su tendencia a la indisciplina y el desorden –al final son jóvenes y no monjes– el primer indicio que me dieron de su capacidad sucedió a principios del septiembre pasado, cuando el plantel convocó a su kermés anual para conmemorar las fiestas patrias. La energía indisciplinada y errática del grupo se transformó en un impulso emprendedor que sorprendió a muchos. Era inusitado que un grupo de primer semestre mostrara aquel nivel de organización, y aunque algunas dificultades logísticas evitaron que fueran el mejor vendedor de la kermés, no pasamos por alto su esfuerzo.

El siguiente indicio de su potencial vino en las fiestas decembrinas, cuando se les propuso apoyar a una casa hogar para niños huérfanos y abandonados. Recuerdo todavía la cautela con la que ensayé la propuesta que les haría. Pensé que sólo voltearían la cara y participarían a regañadientes. Ya se imaginarán mi sorpresa cuando los chicos, sin ninguna motivación adicional, juntaron todos sus recursos y toda su energía para darle algo especial a la niña que les tocó apadrinar. Los abrumó la emoción cuando por fin pudieron conocerla y entregarle su regalo.

Esto me llevó a la conclusión de que los chicos piden a gritos una educación humanista que los impulse a descubrir sus intereses y sus habilidades, que los lleve a sentir que hacen una diferencia. Están listos para participar en el mundo y pocas veces tienen esa oportunidad.

Alejandro Mungarro –mi exdirector– me dijo alguna vez que el reto de la docencia es motivar a aquellos chicos que se están quedando atrás. Y es verdad. Siempre ubicas a aquellos alumnos que destacarán sin importar los obstáculos, ya sea una materia difícil o un profesor apático, poco capacitado u hostil. El verdadero reto del profesor es ayudar a los alumnos desmotivados a descubrir y confiar en sus capacidades; es sólo que en veces los planes didácticos y los programas de estudio se entrometen.

Siempre he dicho que mi objetivo como profesor no es el enseñar el verbo to be, los tiempos gramaticales, los cognados y todo lo demás relacionado a la adquisición del idioma inglés. Ésa es mi materia, mi contenido. Mi objetivo es incitar a los chicos a explorar y explotar su potencial, sin importar cuál sea el camino que deseen tomar.

El verdadero reto del profesor es ayudar a los alumnos desmotivados a descubrir y confiar en sus capacidades

Eso es, en gran medida, mucho más importante que cualquier número en su boleta.

Mi fe en el sistema educativo y en nuestras instituciones es sacudida constantemente, y no por la incompetencia o mezquindad de las personas que trabajan en ellas. He platicado con profesores, directores de plantel, directores generales e incluso el secretario estatal de educación y todos tienen el mejor interés de nuestros muchachos en mente. El problema no son ellos sino esta reliquia del cardenismo que llamamos la educación pública, con sus reglas y estatutos que lejos de promover la creatividad y la individualidad parecen estrangularlas mientras fuerzan a los chicos a participar en un simulacro militar con uniformes, horarios estrictos y candados por todas partes.

El viejo molde se está deshaciendo. Esto no se arregla con cinta adhesiva, remaches y una capa nueva de pintura. Es necesaria una mirada profunda a las problemáticas actuales y las inquietudes de la juventud para generar una respuesta satisfactoria. No podemos seguir aplastando muchachos en los engranes del sistema y pasándolos de un grado a otro con el sólo propósito de producir una fuerza laboral.

Los muchachos de hoy son todo menos incapaces, pero a los ojos de un vejestorio de sistema lo son. Necesitamos despertarlos a su potencial, no a sus fallos. Como bien lo dice la frase erróneamente atribuida a Einstein: Todos son genios, pero si juzgamos a un pez por su habilidad para trepar un árbol vivirá toda su vida creyendo que es estúpido. ¿Cuánto tiempo falta para que nos convenzamos que el pez en verdad no puede trepar? ¿No seremos nosotros los estúpidos?

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