MUTEKI – Capítulo I

Éste es el primer capítulo de la segunda edición de Muteki, la novela que escribí hace 10 años y que lancé en el 2011 a través de Fomento Editorial CECYTE. Espero lo disfruten.

Por más que lloviera la ciudad jamás se limpiaría de su basura y escoria.

Eran las altas horas de la noche en uno de tantos bares. Hacía ya casi dos horas desde que los últimos clientes desaparecieron en la noche, dejando el bar con cuatro ebrios discutiendo, maldiciendo, tronando los labios. Seguían ahí aunque los bancos ya estaban sobre las mesas.

Aquellos cuatro eran clientes habituales y todos unos perdedores. Al menos jamás habían huido sin pagar la cuenta. Uno de ellos siempre terminaba pagando la cuenta para lucirse y ganarse toda clase de elogios aunque lo lamentara la mañana siguiente.

Hubo cierta calma hasta que los cuatro borrachos se pusieron a cantar canciones románticas del modo más irritante. La paciencia del cantinero estaba a su límite, incluso con la promesa de una gran cuenta y excelente propina. Esperaba que valiera todo la pena.

Uno de los borrachos estrelló la frente en la barra y rompió en llanto durante una de tantas canciones. Sus gimoteos eventualmente atraparon la atención de los otros tres, quienes lo consolaron con torpeza.

-N’ombre, Alan. Esa pinche vieja no quería nada bueno contigo desde un principio. Ella se aprovechó de ti. ¡No te merece! -dijo uno de los amigos, abriendo la boca para decir algo más. No hubo más palabras, sólo aire.

-Lo que pasa… -Otro dijo con voz atropellada, apretando el hombro de Alan. –Lo que pasa es que todo vale mierda. La gente buena nomás no sale adelante. Siempre hay alguien que se va a querer aprovechar de uno. ¿Sí? Te dice alguien que sabe.

-Otra cosa es que ahora las viejas ya nada más ven cómo darte donde más duele -el tercero agregó, sus ojos húmedos y conmovidos. -Tú le fuiste fiel. Le conseguiste un apartamento humilde pero bien ganado con el sudor de tu frente. Y no le bastó con eso. No quiere tu dinero; lo que quiere es hundirte.

Alan estiró la mano y tomó un largo trago de cerveza tibia y después se secó las lágrimas como pudo. Entonces tomó un escandaloso respiro y sacudió la cabeza una y otra vez.

-Esa vieja… Esa vieja no me merece. ¿Yo? -Se picó las costillas con el dedo y levantó la voz. –Yo soy demasiado para ella. Por eso quiere que esté ahí en la mierda. ¡Yo soy bueno y por eso se aprovechó de mí! Yo la quería mucho y lo que hizo fue pedir más y más. Y yo se lo di, aunque fuera una ingrata. Y le perdoné tanto. Y dejé que me hiciera tantas cosas. Por eso estoy como estoy. Por eso estoy casi en la calle.

Su ánimo pasó rápidamente de la amargura a la ira. Su rostro se enrojeció.

-¡Ah! ¡Como soy pendejo!

Alan empezó a azotar su tarro contra la barra una y otra vez con todas sus fuerzas. Los golpes se mezclaron con rugidos de desesperación. Sus amigos no podían calmarlo por el miedo y la impresión. Hasta el cantinero dio un paso atrás y contempló llamar a la policía. Entonces el fondo del tarro se estrelló y el siguiente golpe lo despedazó por completo. Dos pedazos grandes de vidrio desgarraron piel y carne y terminaron incrustados en la mano de Alan.

Alan soltó el aza del tarro y miró su mano horrorizado. Sus gritos de dolor eran como los de un niño, intensos y desvergonzados. Temblaba y su voz se quebraba más y más hasta que sólo pudo gemir. Sus ojos eran incapaces de abrirse por el dolor tan intenso.

El cantinero fue el primero en recuperar el control; olvidando el dolor de su cliente, cruzó al otro lado de la barra y exigió a todos que se fueran de inmediato. Los amigos de Alan olvidaron la borrachera y dejaron el dinero de la cuenta en la barra, muy lejos de Alan y los vidrios ensangrentados. Trataron de sacarlo pero él seguía en el suelo en posición fetal, sosteniendo su mano lastimada desde la muñeca. Lloraba como un bebé, gritando una y otra vez unas furiosas palabras que parecían más un mantra que un lamento.

-¡No soy un perdedor! ¡No soy un perdedor!

Lo pusieron de pie como pudieron y lo sacaron en hombros mientras un tercero cuidaba que no se lastimara más. Pese al aguacero afuera los sollozos y gritos todavía se escucharon mucho después de que la puerta del bar se cerró tras ellos. El cantinero suspiró. Ya no era su problema. Cerró con llave, tomó recogedor y escoba y empezó a barrer los trozos de vidrio en la barra. Le echó un reojo a la parte de la barra donde se quebró el tarro. Murmuró algo disgustado y se resignó a seguir limpiando.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *