Muerte a la Individualidad

Paredes de concreto. Uniformes. Custodios. Ventanas con barrotes. Reglas. Disciplina. Candados y prohibición por todas partes. Miro el sistema de enseñanza en mi trabajo y es fácil compararlo con una prisión.

¿Cómo fue que llegamos a esto?

Eruditos e investigadores lamentan la muerte de la creatividad al mismo tiempo que el gobierno impone un yugo sobre los alumnos. El actual modelo educativo mexicano es–y seguirá siendo–una extraña forma de educación militar donde la expresión muere y se hacen honores a la bandera por obligación, sin un rastro de civismo, significado o respeto. Queremos que el alumno descubra su identidad, de preferencia la que los adultos imponen.

Es natural pensar, por ejemplo, que un estudiante al cual no se le exige uniforme vendrá a la escuela con tatuajes faciales, modificaciones corporales, tintes fosforescentes de cabello y ropa obscena. Dudo si eso sea verdad. Un adolescente hace y dice cosas para probar los límites de la autoridad que tienen sobre él. Quizá si estas reglas asfixiantes se aligeran perderá el deseo de romperlas.

Mi suposición tiene bases. Sólo hay que observar el sistema de educación pública en Estados Unidos. Los alumnos llegan a clase vistiendo camisetas con estampados de sus bandas y películas favoritas, o siguiendo la moda del momento, expresando así sus intereses e inquietudes. Si bien no es una solución perfecta ya que requiere de criterio, es un buen avance para estimular la individualidad del alumnado.

Y ahí yace el núcleo del problema. La creatividad es sinónimo con originalidad e individualidad, y si bien no puede enseñarse, está por demás evidenciado que puede ser destruida. Una de las grandes ironías de la práctica docente es que respetamos la creatividad y la admiramos sin entender los pasos que estamos tomando para acabar con ella o los que debemos seguir para salvarla. Como docentes tenemos que dejar de confundir la división generacional con el supuesto deterioro de nuestra sociedad. Después de todo, culpar a los alumnos de todo no es la mejor solución, pero sí la más cómoda. “Estos muchachos no entienden”, “Estos chicos de hoy”, “En mis tiempos no pasaba esto”. Todas esas frases son sinónimas con: ¿Por qué las cosas ya no son como yo las recuerdo?

En el profesor queda si el salón de clases se vuelve un sitio cómodo, amigable, moderno y apto para la edificación emocional, creativa e intelectual de los individuos. Si no está a la altura el salón se volverá una celda para treinta reos, una cápsula del tiempo atorada en décadas pasadas, un tiempo seguro y conocido donde no existe ningún reto excepto por los que el profesor ya superó.

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