Monterrey

La tragedia sucedida en Monterrey nos deja a todos con la sensación de que quizá pudo haberse evitado. Quizá.

Miré el video del incidente esta mañana por coincidencia y no me considero afortunado. Al momento que escribo el primer borrador de esta entrada (1 PM) van tres horas que lo vi y todavía me siento torcido y vacío. No puedo dejar de pensar en cómo una situación tan mundana se tornó siniestra en segundos. Tratar de distraerme o alegrarme a estas alturas todavía se siente más como una grosería que una búsqueda de alivio.

Mientras tanto mucha gente ya está cayendo en el alarmismo y la exageración, proclamando que esto no es más que el castigo para un país que adora los narcocorridos y que consume entretenimiento violento y sin méritos. Se rasgarán la ropa y hablarán de la decadencia de nuestra sociedad justo como Jeremías lamentando la caída de Jerusalén, y más que hacerlo por ser agudos observadores, lo harán porque es una explicación cómoda que no requiere de reflexión, de mirar dentro y encarar la verdadera gravedad de los hechos y lo vulnerable e impredecible que puede ser la vida.

No cabe duda de que éste es un golpe más en una de las crisis sociales más importantes en México desde que inició el milenio. Sin embargo no debemos censurar las discusiones al respecto, ni siquiera las que tratan de buscar humor mórbido en la situación. No podemos caer en el error que es aislarnos de todo aquello que encontramos desagradable o incompatible con nuestra perspectiva. Resulta hipócrita que pretendamos extender un mensaje de caridad y sanación al mismo tiempo que nos aislamos de aquellos con opiniones o actitudes diferentes. No podemos caer presa de la amargura y llamar la escoria del país, la raíz de todos nuestros males a quien se le ocurra compartir un meme de mal gusto. Solamente uniéndonos encontraremos el modo de racionalizar lo sucedido y aceptarlo y así continuar. No podemos pasar este trago amargo por alto si es que vamos a seguir adelante como individuos y como sociedad.

Conozco casos de tiroteos escolares en todo el mundo y aun así trato de mantenerlos lejos de mi mente. No gano nada viendo a mis alumnos como agresores potenciales; únicamente alimentaría una neurosis que me distanciaría de ellos. Sólo espero que la comunidad académica no sucumba a la paranoia a partir de hoy. Más que aumentar la seguridad en los planteles, realizar más operativos o esculcar más mochilas, lo que se necesita es escuchar con mayor cuidado a quienes nadie escucha. No tengo una brújula que me lleve a la solución perfecta; sin embargo, estoy seguro de que la compasión y la comprensión empezarán a señalar el camino y despejarán cualquier nube de ignorancia y miedo que se aproxime.

Mañana tengo clase a primera hora y no sé qué le diré a mis alumnos, así que mejor los escucharé. Seguro querrán hablar de lo sucedido y no puedo culparlos. Todos nos sentimos igual. Sólo espero que llegando a la verdad encontremos alguna especie de consuelo.

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