MI HIJA RAMÓN: Poema sobre la reencarnación

Faldas y G.I. Joe;
vestidos y camiones Tonka.
Mi hija es un soldado llamado Ramón.

Ella no está loca y menos es machorra.
Las almas se reciclan y ocasionalmente
la semilla cae en la zanja incorrecta.

Pantalones.
Quebradoras en todo lo alto.
Guerritas con pistolas Nerf.

La regañamos y le pegamos
hasta que un día nos confesó que
peleó junto a Carranza en una vida pasada.

¿Ves este lunar, apá?
Aquí, debajo de mis costillas.
Ahí es donde entró la bala que me mató.

Bigote grueso. Bandoleras.
Rifle Winchester. Sombrero.
Mi vieja soñó con alguien así.

Ramón (mi hija)
olvidó su apellido y dónde nació.
Las memorias revolucionarias se difuminan.

La respetamos
de todos modos,
o mejor dicho, la dejamos ser.

Nos rogó que la matáramos
cuando le llegó la regla.
Quiere tirar los dados otra vez.

Mátenme, pero no sin garantizarme
que regresaré como un hombre.
Viviré en el cuerpo que me pertenece.

De seguro Ramón (el soldado)
fue canijo con alguna mujer
y éste es el castigo que le tocó.

Por eso mejor
la escondemos de los vecinos.
No vaya a pensar mal la gente.

Pelo corto.
Camisas grandes.
Oculta tu escarmiento.

Tiene que haber
más soldados o hasta adelitas
por ahí, todos en desacomodo.

Será por eso
que se operan y
se cambian de nombre.

Algo han de haber hecho,
algo terrible, para que
su reencarnación fracasara.

Y a veces es puro cuento.
Abigail Williams de Salem inventó brujerías
y quemó al pueblo que la juzgó adúltera.

Cuchicheos, murmullos.
¿Ya supiste? ¿Ya te enteraste?
El mito se mitifica con la repetición.

Pero eso es eso y esto es esto
y yo le creo a mi hija Ramón,
y le creo porque la quiero.

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