La Muñeca Viva

Hace veinte años encontré a una muñeca de porcelana en tamaño real.

Todo ocurrió dentro de la clínica 16 del IMSS cuando todavía era yo niño. Mi mamá estaba ocupada recibiendo mi medicamento o haciéndome una cita con el médico cuando miré a mi izquierda. Ahí fue cuando encontré a la muñeca.

En realidad era una niña de entre diez a doce años. Tenía su cabello castaño rizado en unos enormes bucles, con un gran moño asomándose por ambos lados de su cabeza. Su vestido era guinda con encaje blanco y una falda ancha como paraguas. En su pecho, sobre el primer botón de su vestido, tenía un listón atado en un moño doble. Sus calcetas blancas se detenían centímetros debajo del filo de su falda y en los pies llevaba zapatillas negras.

La niña apretaba con fuerza la mano de su madre mientras abrazaba un oso café de peluche. Entendí por su mirada desorientada, su quijada floja y la boca entreabierta que padecía de sus facultades mentales. Ella no me dijo nada. Ni siquiera me volteó a ver. Sólo se quedó viendo a la nada con su extraña expresión.

Ésta fue mi primer experiencia con una persona de capacidades diferentes y en definitiva un recuerdo muy fuerte de mi niñez. Conocer a aquella niña fue como ver a una ilustración de un cuento de hadas cobrar vida. Su expresión vacía me asustó por las mismas razones que cualquier niño le teme a lo desconocido. Hoy me despierta compasión. Pienso en lo tanto que se esmeraba su madre para vestirla de aquel modo, observando cada pequeño detalle, cada arruga, cada combinación de colores, tal vez inconsciente de la impresión que causaba su hija en otros niños. Quién sabe si la niña estaba siquiera consciente de su vestimenta, si sus facultades le permitían vivir una fantasía en la que protagonizaba su propio cuento infantil o si acompañaba a su madre como una mascota.

Recuerdo a la niña cada que veo una muñeca de porcelana. Ignoro qué habrá sido de ella, puesto que nunca la volví a ver. Me la imagino a sus treinta años sentada en un cuarto color de rosa, con las paredes cubiertas en papel tapiz de osos, princesas, corazones y estrellas. Ella está sentada frente a sus peluches en una mesita y celebra la fiesta del té, sosteniendo su taza llena de imaginación con una mano temblorosa. La luz se filtra por la ventana a través de cortinas blancas que se mecen con el soplar del viento y el polvo flota en espirales impredecibles. La muñeca separa los labios, mira la luz y sonríe. Su risa desafinada hace eco en toda la casa.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *