IMPRESIONES: Introducción

Viajar es el remedio infalible para destruir los prejuicios, según Mark Twain. Te permite interactuar con otras culturas y diferentes perspectivas y así lograr un mejor entendimiento del mundo en el que vives, aquel en el que erróneamente suponemos estamos solos. Sin embargo, viajar tampoco es la panacea que mi generación quisiera creer. Salir de viaje no te hace automáticamente más culto, más sabio ni más iluminado. Por algo Emerson dijo que viajar por vanidad o desesperación es como llevar ruinas a las ruinas.

No sé por qué me intrigó la idea de salir de viaje. Quienes me conocen saben que soy una persona taciturna, sedentaria y muy particular sobre mis rutinas y cualquier imprevisto. Además, en la quietud que tanta gente aborrece es donde trabajo con mayor ahínco. Soy, en pocas palabras, todo menos un tipo que guste de la aventura; supongo entonces que mis intenciones de viajar nacieron de una evolución natural de mi curiosidad y de mi fascinación por la historia.

Todo se alineó perfectamente este año para que visitara la Ciudad de México, además de ciudades clave en la historia de México como Querétaro, San Miguel de Allende, Guanajuato, Guadalajara y Morelia. En el trayecto obtuve–al menos así lo espero–un mejor entendimiento de la historia de mi país y de los eventos que lo han moldeado. También tuve la oportunidad de abrir ventanas a otras culturas gracias a la compañía de viajeros españoles, argentinos, ecuatorianos, colombianos y peruanos. En conclusión, no olvidaré las experiencias de esos ocho días–el intercambio de ideas, los roces con sitios icónicos, la comida, la desbordante cultura–con facilidad.

En esta serie de entradas titulada Impresiones trataré, dentro de lo posible, de inmortalizar todo lo vivido durante este primer viaje al corazón de mi país. Será una mezcla de narrativa, síntesis y reflexión. Estoy seguro de que sabré exactamente cómo me siento y qué pienso hasta que lo escriba.

Kazuo Ishiguro mencionó en su aceptación del Nobel de Literatura que sus primeros escritos inmortalizaron las pocas memorias que tenía de su nativo Japón. Su compulsión por escribir vino de una necesidad de recordar. Creo que me impulsa la misma inquietud. Ocho días son relativamente poco tiempo en la vida de un hombre, pero encapsulados en el lenguaje correcto pueden ser monumentales.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *