IMPRESIONES: Parte 5

Guanajuato es una ciudad pintoresca sin el barniz internacional de San Miguel de Allende, y le pertenece no a los turistas o extranjeros sino a su gente. El rol de la ciudad en la historia mexicana por supuesto afecta mi opinión.

Una de mis metas era visitar la Alhóndiga de Granaditas, sede de posiblemente la batalla más famosa en la historia militar mexicana. Para mi desgracia la Alhóndiga no abría los lunes. Muy pocos sitios de mi interés lo hacían. Afortunadamente fotografié el exterior y aprecié los puntos en los que las cabezas de los insurgentes fueron exhibidas tras su ejecución.

La violencia de ese episodio me hizo recordar las promesas de saqueo y rapiña que hizo el cura Hidalgo para movilizar al pueblo en 1810.

Se rumora que el sitio de la Alhóndiga y los subsecuentes crímenes del ejército insurgente –ejército sólo en nombre– fueron las razones principales por las que Hidalgo decidió no marchar a la capital hacia la victoria decisiva. Esto no aminora la valentía del Pipila, pero sí pone en mejor perspectiva nuestros orígenes como nación. La educación poscardenista nos inculcó que el pueblo mexicano siempre ha sido noble, una víctima de explotación por parte de malévolos extranjeros buscando nuestros recursos, cuando en realidad han sido en su mayoría los mismos mexicanos quienes han enardecido a sus compatriotas a levantarse en armas en búsqueda del poder.

Guanajuato desde las escaleras de la Universidad.

Guanajuato fue también el lugar donde, en mi afán por tomar fotos, entré por accidente a los inicios de una misa de cuerpo presente. Ya se imaginarán mi vergüenza cuando cerraron la puerta detrás de mi grupo ya que salimos.

Otra memoria muy particular que preservo de Guanajuato –más allá del bellísimo Teatro Juárez, de lo majestuoso del monumento al Pipila, de la vista panorámica del funicular (el transporte que te lleva a dicho monumento) y de lo ecléctico del museo dedicado a Don Quijote de la Mancha– fue una chica asiática que encontré frente a la universidad. Llevaba el cabello largo con puntas verdes, una playera rayada de tirantes y una cara que se derretía de tanto fastidio. Cuando bajé los escalones de la universidad, ella estaba sentada con la frente apoyada en las rodillas y su cabello caía y le oscurecía el rostro. Su actitud me despertó ternura. Pensé que tal vez extrañaba su tierra, que ya estaba hasta el copete de ser una extraña en una tierra extraña donde nadie hablaba su idioma, la comida sabía raro, el sol ardía endemoniado y todo parecía al revés.

Pensándolo más fríamente, a lo mejor estaba aburrida o cansada o tenía hambre o sed o cólicos. La belleza colonial de Guanajuato hace de cualquier momento un drama.

La visita a esta ciudad terminó temprano. Esa noche nos esperaba Guadalajara.

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