IMPRESIONES: Parte 2.2

Una de las cosas que más presumí ante mis compañeros de viaje–todos extranjeros–era poder comer cosas picantes, dentro de todo una vanidad inofensiva. La primera vez que lo hice fue en el almuerzo que tuve antes de partir a la Basílica de Guadalupe. Actué como anfitrión secundario para los demás pasajeros cuando les di a probar chicharrones con chile y limón, todo un éxito en la mesa.

En el trayecto de regreso a la ciudad de México, mientras observábamos la cúpula de la nueva basílica alzándose sobre la ciudad, la guía nos contó la historia de Juan Diego y sus encuentros con la Virgen de Guadalupe en el cerro del Tepeyac. Me hizo recordar la vez que representé a San Juan Diego, San Francisco de Asís, el profeta Isaías y otros personajes bíblicos en las obras de teatro de la iglesia.

El templo franciscano donde pasé gran parte de mi niñez y adolescencia temprana.

Yo no era un niño muy devoto, pero me encantaba la oportunidad que me ofrecía la iglesia para explorar mi creatividad. Además, los frailes eran personas inteligentes y amigables. Jugábamos ajedrez y me alentaban a analizar con mayor detenimiento las historias de la biblia. Mientras fui acólito–la versión franciscana del monaguillo–, el padre me llamaba al frente después de la liturgia para que opinara sobre las lecturas. No decía nada particularmente iluminado pero seguro me veía lindo ahí arriba.

Sin el apoyo de los frailes, hubiera tenido una oportunidad menos para crecer como artista y persona. Ahora lo entiendo.

La historia de Juan Diego es un testamento a la creatividad con que los misioneros españoles evangelizaron a los indígenas conquistados. Superaron la barrera del lenguaje utilizando el arte como herramienta didáctica e implementando la iconografía indígena en el catecismo, creando un híbrido de los rituales “paganos” indígenas y los ritos eclesiásticos ortodoxos. Aunque todavía hay gente que habla con desprecio de la conquista espiritual, defendiendo el concepto del indio noble que Juan Miguel Zunzunegui desmanteló en su duología Los mitos que nos dieron traumas, debemos reconocer la importancia de este episodio en nuestra historia nacional. Estamos hablando no sólo de la historia sociopolítica del país sino también la cultural y artística. Es innegable que el arte colonial es casi exclusivamente religioso.

Antes de ir a la basílica llegamos a una tienda justo en el cruce frente al templo. La tienda daba hacia una calle que me recordó al centro histórico de mi propia ciudad. Adondequiera que miraras había espectaculares, autobuses retacados de gente, mendigos y taxistas mentando la madre, todas imágenes familiares. En cuanto al interior, ésta es la tienda de artículos religiosos más grande que he visto. Los anaqueles estaban atiborrados de peluches, llaveros, figuras de resina y muchas otras artesanías. La mayoría eran, por supuesto, basados en la virgen. “Aquí en México seremos ateos, pero no dejamos de ser guadalupanos” observó la guía en más de una ocasión. Noté entonces que su monedero llevaba la imagen de la virgen, como si hiciera falta comprobarlo.

Escuchamos una explicación de los detalles menos conocidos del milagro de la virgen, compramos recuerdos para llevar a la capilla de bendiciones y nos dirigimos por fin a la basílica. Los templos que observamos eran un vivo ejemplo de la arquitectura como oficio y arte, luciendo diseños barrocos que reflejaban la devoción tanto del arquitecto como de los feligreses. Lo que más disfruté fue la vista desde la cima del cerro del Tepeyac, donde tomé algunas fotografías panorámicas de los templos y pensé de nuevo en todo el arte religioso que había visto hasta ese punto. Más allá de mi actual opinión sobre la religión–tema para otro artículo–, es imposible desconocer el rol que la fe católica jugó en la unión de aquellos pueblos.

Capilla en la cima del Tepeyac

Y así concluyó mi segundo día en la Ciudad de México. En el espacio de unas horas aprecié las raíces prehispánicas del país, la etapa colonial de nuestra historia y el puente que la religión católica simbolizó para ambas. Como Robin Williams le dijo a Matt Damon en Good Will Hunting, podré haber leído sobre estas maravillosas construcciones–las pirámides, los templos–y memorizado cada dato sobre ellas, pero nada se acercaría a vivirlas, a apreciar el silencio respetuoso de los creyentes o los rugidos de los silbatos artesanales de jaguar.

Regresé al hotel en las últimas horas de la tarde e hice lo posible por dormir temprano. Me esperaba tal vez el día más cansado de todo el viaje, mi recorrido por el centro histórico de la capital.

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