IMPRESIONES: Parte 2.1

Desperté el viernes sin demasiados problemas. Tomé un baño, bajé al restaurante a desayunar y después leí en el lobby del hotel. El autobús que me llevaría a conocer Teotihuacán y la Basílica de Guadalupe llegó puntual.

Elegí este tour en viernes santo para confirmar la devoción de la gente en esta parte de la república. Aquí en el norte quienes todavía practican la fe católica lo hacen sólo para bautizos, quinceañeras y bodas. Las interacciones con la sociedad americana y la desilusión con la iglesia han hecho que muchos se vuelvan protestantes. Más que una crisis de fe es una sociedad buscando respuestas en otro lado.

Tal vez hice este tour buscando un vínculo con mis abuelos (QEPD). Juan Pineda Gamboa tomó el taxi a la catedral de la ciudad cada domingo hasta que su cuerpo se lo permitió. Cuando él y mi abuela–Antonia Flores–se quedaron confinados a su hogar en la colonia Industrial, solicitaron tomar la santa comunión en la sala. Además debo mencionar a las señoras que los visitaban cada semana para rezar el rosario y entretener a mi abuela con sus chismes. Recuerdo sobre todo su estado de profunda concentración al recitar las Aves Marías y los Padres Nuestros y los misterios dolorosos.

Los pasajeros ese día eran, a excepción de una familia colombiana, todos peruanos. Su respeto por mi cultura y mi país me hizo recordar que nadie es profeta en su propia tierra, una idea recurrente durante todo el viaje. Mientras que el mexicano promedio lamenta su suerte y maldice su historia, el resto del mundo lo envidia y lo felicita.

El Vigilante en Ecatepec

En el camino a nuestro destino, en Ecatepec, observé El Vigilante de Jorge Marín y los cerros con sus casas pintadas todas del mismo color, una donación de los partidos políticos según nuestra guía. A nadie engañaban. En las ventanas se notaba el verdadero estado de muchas de esas construcciones. Era idéntico al vecindario en que se ubica Edward Scissorhands de Tim Burton, un espejismo de normalidad que crispa los nervios.

Nuestra llegada a Teotihuacán fue demorada por el alto volumen de tráfico. El chofer afortunadamente nos llevó por una ruta alterna al taller de artesanos de la localidad. Ahí compré una daga de obsidiana, o bien una imitación de una. Quería llevarme una parte de ese lugar de vuelta a casa y cerrar un capítulo de mi adolescencia, pues quise conocer la obsidiana desde que la vi por primera vez en los libros de secundaria.

Tras llegar a la zona arqueológica de Teotihuacán el caos de la carretera era evidente. Acompañamos a la guía al pie de la Pirámide del Sol y ahí me golpeó una ola de ironía. Este monumento ancestral ahora era una atracción de Disneylandia. Estaba colmado de turistas, todos acorralados por una red de seguridad en la cima; seguro allá arriba era un mar de selfie sticks y gente dándose codazos tratando de subir los brazos para recargarse.

La guía nos advirtió que con el tiempo que teníamos no sería suficiente para escalar la pirámide. Le creí de inmediato, tomé mis fotos y bajé a la Calzada de los Muertos. Sólo hasta que vi la Pirámide de la Luna en la distancia me sentí en verdad rodeado de historia.

La Calzada de los Muertos era un estudio en perspectiva. La Pirámide de la Luna era un punto de fuga para el camino de terracería, las plataformas que la flanqueaban, los cerros en las cercanías, el cielo, todo. El sol de mediodía caía con fuerza sobre una escena inolvidable donde los extranjeros traían sus lenguas desde todo el mundo y sus voces se mezclaban con los silbatos de jaguar vendidos por los diferentes artesanos. El ambiente vibraba con una conexión de presente, pasado y futuro. Lo que sentí en ese momento no era orgullo sino alegría ante esta celebración en la que todos participábamos. No hay emoción más pura y más inocente que la maravilla.

Pirámide del Sol

En conmemoración de aquel momento, me senté en uno de tantos escalones en la calzada y escribí este poema antes de regresar al autobús:

Rugen jaguares
a través de voces de piedra.
Rugen, gruñen,
cantan sus memorias y su historia.
Vienen de todo el mundo,
vienen aquí hablando todos los idiomas
a escuchar, a entender,
a maravillarse
ante colosos de piedra
y victorias que ni el tiempo borra.
Siguen la huella de los ancestros
y con su trayecto
trazan también el de los hijos.
Veneran ayeres ancestrales
ignorando la sorpresa
que está por darles el mañana.

[Por cuestiones de extensión y tiempo, escribiré sobre mi visita a la Basílica de Guadalupe en la entrada de la próxima semana. Hasta entonces, muchas gracias por continuar leyendo.]

4 ideas con respecto a “IMPRESIONES: Parte 2.1”

  1. Una muy excelente narrativa de tu experiencia en Teotihucan que me llevo practicaménte de la mano conforme avanzaba tu relato y que me transporto en el tiempo muchos años atrás cuando yo tuve la oportunidad de hacer ese recorrido. De nuevo felicidades y estaré esperando tus siguientes experiencias .

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