IMPRESIONES: Parte 1

Era jueves santo. Los viajeros compraban refrigerios y recuerdos en la terminal de vuelos nacionales del aeropuerto de la Ciudad de México. Un hombre de facciones toscas y baja estatura se acercó con un letrero llevando mi nombre, tomó mi maleta y pidió que lo siguiera. Cruzamos por un puente peatonal y bajamos al vestíbulo del Hotel Camino Real, donde ya me esperaba mi transporte al Hotel Regente.

Mi entrada a la Ciudad de México me recordó a Bruce Wayne al inicio de Batman – Año Uno. Desde el cielo la ciudad se veía como un logro; desde la ventana de la camioneta la historia era otra: paredes viejas cubiertas de pintura reseca y quebradiza, indigentes hurgando en la basura, negocios familiares abrumados por la sombra de las grandes franquicias. Se veía lo mismo en colonias mexicalenses como la Baja California, Nacionalista o Pueblo Nuevo. Lo único que distanciaba a Mexicali de este lugar era el tráfico denso y agresivo que avanzaba casi con desprecio. Conforme nos acercábamos a Paseo de la Reforma todo adquiría una apariencia más placentera. Los rascacielos, monumentos y jacarandas eran lo opuesto de un tumor, un parche de tejido saludable rodeado de enfermedad y dolencia.

El chofer me dijo poco antes de nuestra parada que vivía en la zona conurbada aledaña a Teotihuacán; cada día tenía que conducir alrededor de una hora a la zona metropolitana para trabajar y mantener a su familia. Recordando los viajes diarios de mi papá a San Luis Río Colorado para trabajar, me compadecí y le di una propina.

Una vez instalado en el 501 del Hotel Regente, fui en Uber al bosque de Chapultepec y seguí conociendo esta cara maquillada de la ciudad. La fila que los turistas hacían para tomarse fotos en las Alas de la Ciudad me dejó claro que esta zona le pertenecía a sus huéspedes y no a los anfitriones. Experimenté la misma sensación días después en Guanajuato, cuando tomé por accidente fotos en una iglesia durante una misa de cuerpo presente.

Tenía boletos esa noche para una representación en ballet de Romeo y Julieta en el patio de armas del Castillo de Chapultepec. Puesto que mi transporte a la cima del cerro llegaría hasta las siete de la tarde, decidí visitar el Museo de Antropología e Historia. Tomé nota especialmente de la exhibición teotihuacana porque visitaría los templos la mañana siguiente. También presté atención a la espiritualidad de las culturas prehispánicas, así como su perspectiva de la vida y la muerte. Aparentemente los teotihuacanos creían que después de la muerte nos esperaba una segunda vida, tras la cual se podía llegar a la tierra de los dioses. La similitud con la idea del eterno retorno de Nietzsche era obvia. ¿Sabían los teotihuacanos en cuál vida estaban o actuaban pensando que vivían en un bucle eterno?

Reproducción del sacrificio humano hecho tras el término de las pirámides de Teotihuacán

Además de las exhibiciones disfruté de la arquitectura del museo y de su pabellón. Ciertamente todo lo exhibido en el museo es un testimonio de quienes somos. Aun así salí del museo cansado y un poco harto. No me había detenido a descansar desde que bajé de mi vuelo, así que me dirigí al bosque de Chapultepec a tomar aire y contar los minutos antes de la presentación de Romeo y Julieta. Nunca pensé que lo que vería en la cima del cerro me regresaría las fuerzas.

El castillo de Chapultepec era todo lo que me esperaba y tal vez más. La construcción era preciosa, igual que sus esculturas y jardines. La vista de la ciudad tampoco tenía igual. El estar rodeado de tanta opulencia y tanta historia te daba una sensación de alejamiento, como vivir en una mansión remota. Asimismo, cuando nos encaminaron al escenario en que se presentaría el ballet supe que no había mejor lugar. Se preparó una tarima para los bailarines y el patio del castillo, sus escaleras y balcones sirvieron como escenario. Fue algo tanto espectacular como elegante. La actuación de los bailarines y la producción de la obra fueron cautivadoras de principio a fin, la mejor pieza de arte escénico que he visto en toda mi vida. Lo único más impresionante que el trabajo de los bailarines en el escenario fue el respeto casi religioso que los espectadores guardaron durante el espectáculo. Éste ha sido el único show en vivo en el que he estado donde nadie tomó fotografías o grabó video desde su celular. Cada uno de nosotros estaba inmerso totalmente en la obra, como debería de ser. Imagino que eso motivó a los bailarines a dar ese esfuerzo extra que nace cuando el cuerpo ya no puede y el espíritu insiste. Por algo el regalo más halagador y más precioso que podemos darle a un artista es nuestra atención.

Patio de armas del castillo de Chapultepec

Este ambiente bohemio se mantuvo pese al constante paso de aviones y la presencia del centinela de luces y concreto que era la torre BBVA Bancomer a nuestra derecha.

Terminando la obra recibí un pequeño aventón de una familia muy amable de Colima. Me dejaron en el Ángel de la Independencia y a partir de ese punto continué a pie mi recorrido hasta el hotel. En el trayecto me poseyó una energía creativa increíble. Me contagié del entusiasmo de los bailarines en Chapultepec, del bullicio de la ciudad, de la libertad de su gente y de la energía que recorría las calles a tan altas horas de la noche. Ya en mi cuarto me tomé un baño, me acosté y traté de conciliar el sueño leyendo los capítulos finales de Los Restos del Día de Kazuo Ishiguro. Lo único que logré fue estar más alerta, pensando en los dilemas que Mister Stevens–el protagonista de la novela–se planteaba mientras buscaba inconscientemente reunirse con la única mujer en su vida que se permitió amar.

No dormí sino hasta la madrugada. Aunque había visto cosas tan maravillosas no podía dejar de recordar aquellas calles accidentadas al inicio de mi viaje.

La mañana siguiente me esperaba Teotihuacán.

4 ideas con respecto a “IMPRESIONES: Parte 1”

  1. Es impresionante la forma en que narras la experiencia a tu llegada a la ciudad de Mexicol. Me haces sentir como si estuviera contigo, recorriendo esa parte de la ciudad de Mexico. Me gustó mucho.

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