Hachimaro

Hace tiempo en Japón, al inicio del periodo Edo para ser exactos, los hermanos Sakon y Naiki organizaron un complot para asesinar al shogun Ieyasu Tokugawa y así vengar a su padre. El complot fracasó, pero esto no impidió que Ieyasu felicitara a los jóvenes por su valentía ni que les diera el privilegio de morir con honor: seppuku, el suicidio ceremonial.

Seppuku y harakiri se escriben con los mismos caracteres para “corte” y “barriga”. Harakiri es, desafortunadamente, un término informal, vulgar. Las muertes de Sakon y Naiki no tendrían nada de vulgar, ni siquiera cuando la orden del shogun se extendió a todos los hombres de la familia, incluyendo a Hachimaro, un tercer hermano de apenas ocho años. Sin excepciones.

Sakon le pidió a Hachimaro que se abriera el estómago primero para supervisarlo. El pequeño respondió que, tras nunca haber presenciado un seppuku en su joven vida, quería ver a sus hermanos y aprender de su ejemplo. Sakon y Naiki accedieron entre lágrimas de orgullo que seguro conmovieron a los testigos. El primero le enseñó que no había que enterrar la daga demasiado profundo, o de lo contrario no podría hacer la reverencia final; el segundo le enseñó a mantener los ojos fijos y abiertos durante el corte, que empujara hacia el costado con determinación para que la daga no se atorara. Sus muertes fueron la última lección para Hachimaro, su último regalo y su penitencia.

Hachimaro absorbió esta lección con valentía. Jamás alejó la vista. Cuando fue su turno, se descubrió el torso y murió justo como le enseñaron.

Así murieron los tres, sin señales de menosprecio o imprudencia. Los testigos y el shogun supieron que recibían su posesión más valiosa: su vida, tres dagas ensangrentadas como evidencia.

Esta charla breve fue inspirada por uno de los pasajes de “Bushido” de Inazo Nitobe. Consigue tu ejemplar aquí.


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