El Germen de la Excelencia

Un grupo de amigos compra boletos para un concierto del guitarrista sueco Yngwie (pronunciado ING-bei) Malmsteen. Todos quedan atónitos con el talento de Yngwie, tanto así que abandonan la práctica de la guitarra. Sólo uno termina tan inspirado que ahora es músico profesional.

Exponerse a la excelencia tiene ese efecto; alimenta tus inseguridades o tus sueños. Los abruma.

Yngwie Malmsteen fue un fantasma en mi librero musical por casi diez años, un espectro de los MP3s piratas que compartía con mi mejor amigo durante la universidad. Lo vi en persona en el House of Blues de San Diego y todavía tengo dificultades procesando la experiencia; lo tuve a escasos metros de mí y ni siquiera así parecía una persona.  Tocaba igual a sus grabaciones de estudio o las superaba. Sus dedos recorrían la guitarra en una conexión perfecta entre cuerpo y mente inspirada por Niccolo Paganini, uno de sus ídolos. Su presencia en el escenario —con la gran melena esponjosa, la joyería y los pantalones de cuero— es una vacuna contra lo mediocre, un anacronismo, el hijo del barroco y el rock, Ritchie Blackmore de Deep Purple reinventando a Vivaldi.

Yngwie, inmortal en la perfección de su oficio, es el germen del talento sobrehumano, una espora que flota de aquí a allá hasta que encuentra un huésped, lo invade y lo obliga a explotar y ser grandioso frente a la mayor cantidad posible de víctimas. Entonces habrá de contagiar a alguien, y así el ciclo se repite una y otra vez hasta el final de los tiempos.


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