El Crimen de Envejecer

En 1979 el cantautor canadiense Neil Young escribió el verso “Es mejor consumirse que desvanecerse”. Estas palabras provocarían la crítica de ningún otro que el ex-Beatle John Lennon, quien defendió la nobleza de perdurar “como un soldado viejo” en vez de fallecer en un torbellino de excesos como lo hicieron Jim Morrison, Jimi Hendrix y Sid Vicious. Trágicamente Lennon dijo esto tres meses antes de que Mark David Chapman lo matara a tiros.

La fantasía de alcanzar la cúspide y morir joven y de manera espectacular no es para nada nueva. Hay incontables historias, canciones y otras obras de arte que exploran ese mismo tema; incluso Kurt Cobain citó el polémico verso del párrafo anterior en su nota suicida. No obstante, este rechazo a la vejez alcanzó tal vez su máxima expresión en la película Pat Garrett & Billy the Kid de Sam Peckinpah, estelarizada por James Coburn, Kris Kristofferson y Bob Dylan.

El tema central de esta película es el conflicto entre dos viejos forajidos del salvaje oeste ahora que uno de ellos—el titular Pat Garrett—ha sido nombrado alguacil. Garrett comenta que el país está envejeciendo y él planea envejecer con él. Esto a la gente no le importa. Junto con su desprecio natural de las autoridades está su desprecio hacia Garrett por traicionar a su viejo compañero.

Una de las mejores secuencias de la película es aquella en la que Billy the Kid escapa tras ser arrestado. El pueblo observa con admiración, seducido por su carisma pese a que recién mató a dos hombres a sangre fría. Un campesino incluso le regala a Billy un caballo para facilitarle la huida mientras que Alias, un joven pueblerino interpretado por Bob Dylan, se une a su banda intrigado por la promesa de libertad.

Todo cambia cuando Pat Garrett entra al pueblo en la próxima escena. La gente le da la espalda y lo observa con recelo e incluso temor, dándole a regañadientes servicios que le hubieran regalado a Billy en un santiamén. La placa no significa absolutamente nada para ellos.

La historia reta las convenciones de los westerns tradicionales al hacer al forajido el hombre noble y de moral inquebrantable. Billy avanza en la historia invulnerable como sólo puede serlo una leyenda, pues aun cuando mata a un hombre a traición éste no le guarda rencor y se despide de él. Lo mismo sucede con su promiscuidad; diferentes mujeres se acuestan con él y sin ningún compromiso. Mientras tanto Garrett recluta asesinos y realiza emboscadas y prueba cualquier artimaña para matar a Billy the Kid a como dé lugar. Ésta es la única garantía que tiene de vivir una vida remotamente legítima y de tener asegurado su futuro. En contraste Billy vive en el presente, siempre mirando a la muerte a la cara. Morir para él es siempre una posibilidad; para Garrett es una maldición, un espectro pululando cada año que envejece, cada cana nueva.

En el desenlace de la película Garrett finalmente toma a Billy por sorpresa y lo mata a quemarropa. No hay un duelo al atardecer. No hay diez pasos y media vuelta. Garrett sorprende a Billy después de acostarse con una joven y lo balea en el pórtico del rancho en el que se ocultaba.

La toma final muestra a Pat Garrett cabalgando hacia el amanecer después de no poder conciliar el sueño, guardando luto hacia quien hacía unos años era su mejor amigo. No es una escena gloriosa ni victoriosa ni llena de júbilo. Garrett ha hecho cumplir “la ley”, en realidad los caprichos de una minoría acaudalada, y lo hizo mediante la traición, destino que él mismo sufrirá años más tarde.

Así es como concluye la reconstrucción de un género antes relacionado con hombría, gallardía y moral binaria. No es el alguacil sino el forajido quien es al final recordado y venerado como un hombre de principios. Sus pecados—robar, matar—son perdonados por su pueblo por haber sido siempre leal a sí mismo; en contraste el alguacil es despreciado por traicionar a su mejor amigo a cambio de unos cuantos años más de vida. Uno se ha consumido en la violencia que perpetuó y el otro se ha desvanecido hasta llegar a un final patético.

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