La Semilla de la Diva: PARTE 4 (FINAL)

Era de esperarse que Angélica Goldstein movería cielo, mar y tierra para enterrar todo lo que sucedió aquella tarde. Agendó otra entrevista y reinició la promoción de su libro como si nada hubiera pasado. En cuanto a Omar y a mí, para nosotros no hubo ninguna hipocresía de la farándula como un cheque y una disculpa. No. Angélica fue directa. No había pasado media hora después de la escena en su casa cuando me llamó al celular. Su voz sonaba cansada y rasposa cuando dijo:

–Olvídate de tu puta carrera si escribes o dices una pinche palabra de lo que pasó. Va doble para el pendejo que traías contigo. Donde se les ocurra quedarme mal se los va a llevar la chingada a los dos.

–¿Qué vas a hacer con Lily? –contesté tartamudeando. –Tarde que temprano todos se van a enterar. ¿O prefieres seguirle diciendo a todos esas pendejadas sobre cómo quieres abrir las páginas de tu vida?

–Que te valga madre hasta entonces. Tú mientras jamás vuelvas a decir ese nombre en mi cara o enfrente de cualquier otra persona, que los puedo hasta mandar matar si quiero. ¿Cómo la ves?

–¿Y eso vas a hacer con tu hija? ¿La vas a matar? ¿O la vas a volver a esconder?

Angélica gritó desde el fondo de su garganta. Escuché su teléfono quebrarse y le siguió un tono ocupado, así que colgué y seguí manejando sin rumbo por toda la ciudad. Omar me vio guardando mi celular desde el asiento del copiloto y me clavó la mirada. Pese a estar igual de afectado que yo no se le veían intenciones de olvidar lo sucedido.

–¿Y qué vamos a hacer ahora? –me preguntó.

–¿Vamos? Suena a manada –dije.

–En serio. ¿Qué chingados vamos a hacer?

–Tú ya deberías de saber. Ya escuchaste a la señora.

Omar encendió su cámara y sacudió la cabeza. –Vete a la chingada.

–Vete tú –le respondí cansado.

–No. Fíjate primero. ¿Sabes cuánto puedes cobrar tú por escribir esa nota? ¿Sabes cuánto podemos cobrar por estas pinches fotos? Checa.

–Ya sé qué pasó y cómo estuvo, Omar. Estuve ahí. No ocupo ver las pinches fotos.

–Cállate y chécalas, Alberto. Al menos revisa ésta.

Orillé el carro a la primera oportunidad. En la foto que me mostró Omar, Lily Goldstein sonreía y se inclinaba hacia la cámara mientras que al fondo Angélica, vieja, derrotada y olvidada, lloraba desconsolada en un sillón similar a un trono. Ambas mujeres eran tan similares que era como si una le hubiera robado la vida a la otra. Eso no estaba muy lejos de la realidad.

Era una foto fenomenal. Era una portada de la revista Time. Era un pinche Pulitzer.

–¿Quihubo? –preguntó Omar, satisfecho con mi expresión.

–La verdad sí está chingona –dije.

–¿Le vas a entrar entonces? Si vendemos las fotos y la historia juntas podemos cobrar más.

–No sé. Es mucho riesgo.

Omar sonrió con un lado de su boca. –¿A poco te creíste eso de que nos iba a matar la ruca esa?

–Independientemente –dije. –Si le hacemos esto vamos a perder la confianza de mucha gente; si traicionas a uno los traicionas a todos. Nadie va a querer ya que lo entrevistemos.

Omar chasqueó la lengua y dijo: –Ella es celebridad y sabe que ya no tiene vida privada, hombre. ¿Por qué la traicionamos, además? No nos confió el secreto por gusto ni por amistad. ¿No crees que la gente necesita saber de su hija, de lo que le está haciendo?   

–Bájale, que tampoco es la casa blanca de la Gaviota. No le estamos abriendo los ojos al país o una mamada de ésas. Esto es sobre el dinero y eso no tiene nada de malo, así que tampoco te hagas el santo.

–Como sea. ¿Le vas a entrar?

Volví a mirar la foto. La imaginé en televisión, redes sociales, revistas y periódicos, en todos lados. Sentí escalofríos.

–No sé –dije. –No te puedo contestar. Ahorita no.

Hasta el momento la oferta de Omar sigue en pie. Sigo sin poder darle una respuesta que me deje satisfecho. No es algo que pueda responder nada más con un sí o un no. Tengo que decidir entre la fama y mi conciencia y ninguna de las dos opciones me convence.

Mientras tanto Angélica Goldstein sigue siendo un espectro, una prisionera de las gracias perdidas que ahora posee Lily Goldstein, su hija. No sé cuáles fueron las circunstancias del nacimiento de Lily, quién es su papá o cuándo fue que las cosas empezaron a ir mal entre ella y su madre. Quiero suponer que todo empezó cuando Lily dejó de ser una niña y empezó a exhibir la belleza que su madre intentaba recuperar con cirugías plásticas, dinero y gigolós vendiéndole orgasmos, amor y mentiras. Casi me puedo imaginar a Angélica llenándose de rabia y envidia al ver a su hija florecer en todo un espécimen de mujer mientras que el tiempo seguía cobrándole a ella todas las facturas que podía. Es una versión torcida del cuento de Blanca Nieves, una donde la reina malvada sigue siendo mala y Blanca Nieves nunca encontró virtud ni pureza en su corazón, heredando la misma vanidad y oscuridad que consumió a su madre. Ése es el tipo de verdad que nunca encontrarás en la autobiografía de Angélica Goldstein, un libro que tuvo el descaro de titular “La Diva Eterna”.

FIN

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