La Semilla de la Diva: PARTE 3

Omar notó a la muchacha y se congeló. Me miraba buscando respuestas que no le pude dar.

Angélica cruzó los brazos y apoyó el mentón sobre ellos.
–Ya descansé. ¿Están listos para seguirle?

Respiré, me puse la mano en la boca del estómago y dejé que la impresión se me pasara. –¿Quién eres?

Ella inclinó la cabeza a un lado. –Angélica Goldstein. ¿Por qué?

–No, no, no. Angélica Goldstein está descansando en otro cuarto –dije.

–¿No me crees?

–No.

–¿Entonces por qué seguimos hablando?

Tenía razón. Nadie habla con un espejismo. La hubiera ignorado si pudiera.

–Ya en serio –Omar dijo. –¿Quién eres tú? ¿Qué quieres? Estamos trabajando.

“Angélica” volteó los ojos, se sentó y cruzó las piernas.
–Ya les dije. Soy Angélica Goldstein y vine a seguir con mi entrevista.

–Déjate de pendejadas –respondió Omar.

“Angélica” juntó las manos debajo de sus piernas. Después las levantó en un gesto coqueto muy propio de la original, mostrándonos sus muslos y glúteos. –Pregúntame lo que quieras si no me crees, corazón.

Omar tragó saliva y dijo: –No te vamos a preguntar nada. Para empezar Angélica está… bueno…

–¿Está qué? ¿Vieja? ¿Cacariza? ¿Echada a perder?

Omar apretó la quijada. La impostora soltó una risita y pateó el aire un poco. Gracias a sus leggings se notaba la definición de sus largas piernas.

–A ver, Alberto –me dijo. –Pregúntame algo. Lo que tú quieras. Entrevístame.

Me espanté cuando la impostora me llamó por mi nombre. Ella aprovechó mi debilidad y se puso de pie y caminó hacia nosotros. Entonces enganchó un pulgar en el elástico de sus leggings y se tomó su tiempo levantándose el suéter sobre su abdomen plano. No llevaba sostén debajo y pudimos ver las curvas inferiores de sus senos. Ella lo sabía y la excitaba de un modo enfermo. Su sonrisa creció. Cada movimiento y gesto de Lily era una cacería enmascarada como seducción. No había deseo ni pasión en sus ojos, sino la amoralidad de un depredador.

–¿Qué pasó, Alberto? –me susurró. –¿Nunca me habías visto así? ¿Nunca nunca? ¿Ni siquiera me imaginaste?

Tragué con dificultad. Casi caigo en el juego. Casi estiro el brazo para tomarla por la cintura desnuda, terminar de descubrirle los pechos y hacer lo que cualquier otro hubiera hecho en mi posición. Necesité de mucha voluntad para acabar con esa farsa.

–¡Genoveva! –grité. –¡Ven, por favor!

La impostora se bajó el suéter e hizo un ruido que esperarías de un animal frustrado en su cacería; sin embargo, su rostro no encajaba con su ira. Se veía como una niña malcriada.

La puerta se abrió otra vez. Genoveva entró dando respiros disparejos. Horrorizada por lo que veía, se llevó las manos a la cara y se acercó a la impostora haciendo todo tipo de gesticulaciones.

–¡Lily, mi niña! ¿Qué estás haciendo?

–Entreteniendo a mis invitados –dijo la impostora.

La confusión debió ser obvia en mi cara.

–¿Lily? –pregunté.

Genoveva dejó colgando su quijada. –Es sobrina de la señora. Vino de visita y se está quedando aquí con ella –explicó con una risa innecesaria. –Disculpen ustedes.

Lily se cruzó de brazos. –¿Eso te dijo mi mamá que dijeras o se te ocurrió a ti sola? Si no son tarados, nana. Ellos saben muy bien qué pasa, ¿o no, Alberto?

Lily. Lily Goldstein. Ese nombre no se comparaba a ninguna exclusiva. Era dinamita pura, una bomba atómica. Frente a nosotros estaba el secreto mejor guardado de todos: Angélica Goldstein tenía una hija y ella era el vivo reflejo de su belleza perdida.

Mi cabeza se sentía como un panal de abejas. La voz de la verdadera Angélica me regresó a la sala. No dejaba de gritar el nombre de su hija en diferentes tonos: sorpresa, pánico, desconsuelo y rabia en ese orden.

Casi arranca la puerta de las bisagras cuando entró a la sala. Su maquillaje estaba arruinado y su cabello estaba despeinado. Sus hombros se sacudían al ritmo de su respiración frenética. Cada que su boca tomaba un aliento sus dientes eran los colmillos de un animal. Observó a Lily como si no existiera nadie más en la sala o en el universo. Estiró sus brazos hacia ella, abrió las manos y después formó puños firmes, tanto que sus nudillos se descoloraban. Angélica abría la boca sin hablar. Lily la confrontaba con los brazos cruzados y una expresión prepotente.

–¡Lily! –finalmente dijo Angélica, escupiendo la palabra como si fuera veneno.

–¿Mamá? –Lily contestó con calma irónica.

Angélica nos señaló. –Cállate. No me digas así, menos enfrente de éstos.

–Mírame, mamá. Ya no necesito decir nada –Lily movió las manos a sus caderas. –Hubo un tiempo que pudiste haberte salvado diciendo que era yo adoptada, o mandándome a estudiar lejos con tu apellido verdadero. Ya no. ¿O cuál mentira vas a inventar ahora?

Angélica caminó hacia Lily. Se apoyaba en todo lo que tenía a la mano. Tiró una de las lámparas de la iluminación y no volteó a ver el desorden.

–Te di todo, chamaca ingrata. ¿Cómo te atreves a hacerme esto? Te di un hogar, educación, todo lo que el dinero te puede comprar.

Lily sonrió y se acercó a su madre. Genoveva trató de detenerla pero ella alejó su brazo con un manotazo y una mirada decidida y llena de odio. La expresión de Lily era la de alguien que ha tenido un cuchillo sobre el corazón de su peor enemigo por años, y que por fin va a dar la puñalada mortal.

–Y me robé tu juventud también. Por eso me odias, ¿no? Como si tuviera yo la culpa de ser tu hija –dijo con una risa ácida. –¿A quién es que miran los hombres ahora, mamá? ¿A quién desean? Pregúntales a tus invitados. Les hice un numerito y casi se me echan encima. Un ratito más y hubieras visto cómo los tres disfrutábamos de esto que heredé de ti –dijo, pasando una mano por sus caderas. –No sería la primera vez para tu información. ¿Así te sientes tú cuando traes hombres a la casa? ¿Sexy? ¿Así de arrugada y aguada como estás? Imagina cómo se sentían cuando los invitaba a mi cuarto.

Los ojos de Angélica eran un abismo.

Lily vio a su madre humillada, suspiró con excitación enferma y se pasó una mano por la entrepierna. Su voz se hizo miel. –¿No te habías dado cuenta?

Angélica gimió de tal manera que todos retrocedimos, Lily incluida. De no haber tenido una silla cerca hubiera caído al suelo por la falta de fuerza en sus piernas. Su rostro destruido por su propia vanidad se contrajo en una máscara de dolor, deshonra, amargura y miedo. Lloró sin darle importancia a su edad, a su estatus de celebridad o a las cuatro personas frente a ella. Entonces, y sólo entonces, de verdad entendí a Angélica Goldstein.

El familiar click de una cámara me hizo voltear a mi izquierda. Omar tomaba fotografías de Angélica en aquel estado tan patético. Lily entró en la toma, se acomodó el cabello detrás de las orejas y modeló para Omar con una sonrisa, sus manos detrás de su espalda en una pose inocente.

Motivado por un sentido de decencia y respeto que yo no sabía que tenía, puse mi mano sobre el lente de Omar.

–Agarra tus cosas y vámonos. Ya no tenemos nada que hacer aquí –dije. Omar quiso protestar y yo empujé la cámara contra su cuerpo. –Ya tomaste tus fotos, cabrón. Vámonos.

Lily siguió riéndose de su madre a nuestras espaldas. Cuando voltee a verla mi expresión de asco le arrancó otra carcajada. Ahora se reía de mí.

En nuestro camino fuera de la casa, Omar y yo escuchamos a Lily y Angélica intercambiar gritos.

–¿Cómo te atreves a hacerme esto, Lily?

–¿Cómo te atreves tú a tratarme como si te lastimara nada más por existir? ¿Cómo te atreves tú a tratarme como si tuviera la culpa?

–¿La culpa de qué, pinche escuincla arrastrada?

–¡La culpa de que estás vieja y sola y que así te vas a morir! Eso fue lo último que escuchamos. En cuanto subimos al auto puse todo el pie en el acelerador.

Fin de la Parte 3.

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