La Semilla de la Diva: PARTE 2

–Ya estamos grabando –anuncié, alistando la grabadora.
–¿Gusta decir algo, Angélica? Para probar.

–Buenas tardes, corazones.

–Ese saludo es parte de su legado, ¿sabía?

–Y lo más curioso es que nunca lo preparé. Es una de esas cosas que me salió natural, un muy bonito accidente.

Detuve la conversación y reproduje lo que grabamos. Después de unos ajustes sonaba todavía mejor.

La entrevista dio inicio.

–Muy bien –dije. –Han habido películas, biografías no autorizadas y especiales de televisión intentando reconstruir el pasado de Angélica Goldstein. Todo eso está por cambiar ahora que usted decide abrirnos las puertas de su vida. ¿Qué la motivó a tomar esta decisión?

Angélica entrecerró los ojos y dijo: –Hay tantas razones. La primera es que si voy a dejar una huella, un recuerdo, quiero que sea la historia verdadera y no algún cuento de esas revistuchas de mercado. Hablo de esa gentuza que no se cansa de hablar de mi apariencia, de mi vida personal y hasta de mi vida amorosa y sexual. Yo sé que son un montón de animales carroñeros, pero también existe gente que inventa o se cree rumores porque no ha tenido oportunidad de conocer mi vida. Es normal que una persona vea espacios en blanco y los quiera llenar.

–¿Cuál sería uno de esos espacios en blanco?

Angélica tamborileó su mentón con dos uñas. –¿Te acuerdas cuando me caí de aquel escenario en los ochentas? Me dijeron desde un principio que no iba a necesitar cirugía, pero hasta hoy sigo creyendo que en realidad tenían miedo de dejarme cicatrices. En fin. Me recetaron terapias para mi espalda y medicamento controlado y muy fuerte. Uno se llamaba oxicodona, que es para controlar el dolor después de operarte. Imagínate. Lo que nadie me dijo es que genera dependencia.

–¿Y qué pasó entonces?

–Continué con la terapia, el yoga y el ejercicio pero la necesidad de tomar el medicamento siguió. ¿Sabes por qué? Porque la oxicodona se deriva de la heroína. Es un depresivo. Te tomas una pastilla y el mundo se desenreda todito, y cuando la pastilla ya no te hace entonces caes en cosas más fuertes buscando esa claridad, esa libertad, esa sensación donde el mundo se detiene aunque sea un ratito. ¿Te acuerdas que estuve en rehabilitación por una adicción al medicamento? Fue por heroína, Alberto.

Omar tomó el rostro franco y decisivo de Angélica. Me acaricié la mejilla y exhalé por la boca.

–Qué fuerte –dije.

Angélica arrugó los labios. –Es algo que la gente tiene que saber. Hice muchos sacrificios como persona y como mujer para mantener mi carrera, porque cuando encuentras algo que amas, corazón, le entierras las uñas y no lo dejas ir aunque te esté quemando las manos.

–Y eso es sólo una probadita de su libro.

La risa de Angélica destruyó el ambiente lúgubre de su confesión. –Una probadita –dijo juntando los dedos.

Me reí con ella, aunque mi risa fue nerviosa. Angélica jamás había sido tan franca conmigo. Aquellas palabras sobre los sacrificios y el amor a su carrera son lo más sincero que me ha dicho hasta el día de hoy, especialmente considerando lo que sucedería más tarde.

–Mientras planeábamos esta entrevista –continué, –usted me comentaba que su agente le sugirió contactar a alguien que le echara la mano con el libro.

–“Sugerir” es una forma muy ligera de decirlo –contestó Angélica, su índice y pulgar formando una L contra su quijada. –Tuvimos una pelea muy fuerte. Nos dijimos cosas horribles. Casi lo despido.

–Pero logró convencerlo.

–Y no fue fácil, ¿eh? Pero si hay alguien que sabe qué es lo mejor para Angélica Goldstein, esa persona es Angélica Goldstein, ¿no crees?

Me reí por compromiso y luego dije: –¿De dónde viene su resistencia a que otros cuenten su historia?

–Porque esto es un libro y una confesión. Es terapia. Cada página fue una conversación conmigo misma. Hubo muchas partes donde sentía algo deteniéndome, pero seguí adelante y creo que crecí gracias a eso. Es una confesión tanto para mis fans como para mis críticos, una historia que estará ahí para quien quiera escucharla.

–No hay mejor explicación que ésa yo creo.

Angélica se inclinó y me guiñó. –Aunque aquí entre nos, dicté todo el libro en mi celular y contraté a alguien para que lo pasara a limpio.

Mi admiración por Angélica no disminuyó con ese comentario. Imaginé que no tendría el tiempo y el recurso para escribir un libro por sí sola. Me imagino que sincerarse era suficiente esfuerzo para alguien como ella.

Las preguntas que siguieron en la entrevista no fueron nada del otro mundo, quizá porque platicamos de cosas que yo ya sabía y el público no. Hice lo mejor que pude pretendiendo sonar sorprendido. Hablamos por alrededor de dos horas cuando Angélica me hizo una señal para pausar la grabación. Se tocó la frente y cerró los ojos.

–¿Te parece si descansamos? Me haría bien cerrar los ojos un rato.

–¿Le gustaría que volviéramos otro día?

Angélica sacudió su dedo en el aire. –En una hora estoy como nueva. Pónganse cómodos por mientras. ¿Quieren que Genoveva les haga algo de comer? ¿No? Bueno. Me retiro entonces. No tardo.

Ella se despidió y se retiró y la sala se hizo un poco más grande. Omar se acercó a mostrarme las fotos que tomó en la pantalla de su cámara. Su cara lo decía todo. Estudié las fotos e hice un gesto.

–Nada que el Photoshop no arregle –dije.

–Te dije que trajéramos a Maricela para que la maquillara –dijo Omar.

–No. Mientras menos seamos mejor. Aparte tampoco se ve tan tan jodida.

Omar puso la cámara de regreso en su cuello. –Muchas quisieran verse así a su edad, sin las estiradas de cara obvio. A propósito, ¿le vas a preguntar de eso?

–Hasta el último. Así si se encabrona y nos corre ya tenemos toda la entrevista completa. Por mientras bájale a las luces. Yo creo también eso la cansó.

Omar y yo nos ocupamos de la iluminación, la cámara y las preguntas de la segunda sesión. Tuvimos una conversación muy esparcida y sin propósito hasta que nos interrumpió el sonido de la puerta abriéndose. Supuse que era Genoveva trayendo algún refrigerio; voltee y los ojos me traicionaron.

Por la puerta entró Angélica Goldstein, joven y hermosa como en su mejor década. Su cabello lacio caía hasta su pecho y enmarcaba un rostro fino, con un mentón en forma de corazón y labios delgados tan expresivos como sus profundos ojos oscuros. Un suéter de rayas blancas y negras sin hombros exponía su cuello, sus clavículas y su piel. No podía tener arriba de diecinueve.

La joven Angélica apoyó las manos en el respaldo de una silla y arqueó las caderas como un gato. Dijo:

–Hola, corazones.

Fin de la Parte 2

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