La Semilla de la Diva: PARTE 1

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Angélica Goldstein es un espectro, una prisionera de su belleza perdida y su voz acabada por el cigarro. Angélica pasó de ser el nombre en boca de todos, la fantasía, el estándar, a ser el pie de página de noticias más interesantes. Hoy en día es común que revistas y noticieros de mal gusto le pregunten su opinión sobre la controversia del momento. Ella contesta con gusto, a veces inventando un chisme o conectándolo todo con alguna anécdota. Cualquier atención es buena para ella, sobre todo ahora que trata de vivir una vida después de la fama.

Lo primero que la gente lamenta sobre Angélica no es la pérdida de su belleza, sino la ferocidad con la que destruyó su voz y con ella el talento que le abrió las puertas al estrellato. Dicen las malas lenguas que los detonantes fueron sus primeras arrugas y la horrible cirugía plástica que buscó corregirlas. Todo indica que Angélica, viendo su belleza exterior deteriorarse, decidió también destruir la interior.

Éstas son las clases de rumores que Angélica me juró confirmaría o desmentiría en su nueva autobiografía, su más reciente plan para mantenerse relevante. Lo único que necesitaba era una entrevista y suficiente promoción. Nadie peleaba por esa exclusiva; aun así, yo le debía mucho a Angélica. Mi carrera como periodista de espectáculos está muy ligada a ella como para negarle el favor. Y por supuesto que pensé en abandonarla a merced de sus sueños y fantasías, pero mi conciencia ganó al final. Accedí a hacer la entrevista y convencí a un fotógrafo de confianza para que me acompañara.

Llegamos a casa de Angélica a eso de las cuatro de la tarde. Era una mansión de lujo perfecta para una diva decadente, una compensación por su quinto divorcio. Era una casa blanca, dorada y enorme que aumentaba la sensación de soledad que experimentabas cerca de su dueña.

Me revisé el cabello una última vez, toqué el timbre y esperamos. Genoveva, la sirvienta de Angélica desde que tengo memoria, abrió la puerta dos minutos después. Me recibió con una sonrisa. Era una mujer gruesa, de piel morena y facciones duras que chocaban con su carácter maternal. Nunca tuvo hijos. Angélica ocupaba ese vacío.

—¿Qué tal, señor Noriega? —me dijo. —Qué gusto volver a verlo.

—Igualmente, Genoveva. Ten. Para la señora.

Le entregué un ramo de flores. Ya que lo tomó presenté a mi compañero.

—Él es Omar Cuevas. Trabaja conmigo en Íconos, en la revista. Se va a encargar de la cámara.

Genoveva y Omar se saludaron. Con las formalidades terminadas, señalé nuestro carro y a Omar con el pulgar. Dije:

—¿Te molestaría si él se me adelanta, Genoveva? Para que vaya instalando el equipo de iluminación que trajimos.

—No se moleste —dijo Genoveva. —La señora ya preparó la sala. Me encargó les dijera que no se preocupen por eso, que ustedes no vienen a trabajar. Son invitados de honor.

Omar quiso que compartiera su sorpresa. Él no sabía que esto era normal para Angélica, una anfitriona que exageraba con tal de impresionar. Genoveva nos repitió que no nos preocupáramos y nos invitó a pasar. Omar caminó directo a la sala donde haríamos la entrevista y yo me quedé en el recibidor. Al contrario de Angélica, el recibidor se mantenía bello. El barniz de los muebles europeos y el oro de los candelabros y el centro de mesa resaltaban con el rojo sandía de las paredes y los marcos blancos de las puertas que daban a la sala y al comedor. Una escalera en espiral daba hacia el segundo piso.

—Nunca se acostumbra uno a tanta elegancia, ¿verdad? —me dijo Genoveva.

—No. Se parece al set de una de sus telenovelas, donde salió Angélica con Esteban Montenegro —dije. —¿Cómo se llamaba?

—El Tesoro de Mi Corazón. Fue su primer papel como mujer de sociedad. Todavía me acuerdo de la canción que cantaba la señora al principio.

—Yo lo que recuerdo es que después de hacer tantos papeles de chica pobre la gente se hartó. Le vino bien el cambio.

Esperé a Angélica sentado en el sillón más cómodo que encontré. Estaba seguro de que ella haría su entrada triunfal con algún vestido magnífico, con sus aires de sex symbol, y acerté. Angélica bajó las escaleras con orgullo y dignidad, con el mentón en alto y los hombros hacia atrás, su cabello frondoso y reluciente. Su vestido azul y blanco escondía todas sus imperfecciones mientras acentuaba la línea de su cuello y su cintura todavía delgada.

—Hola, corazón —dijo con su voz grave mientras bajaba los últimos escalones. —Qué milagro que te dejas ver.

Nos dimos un abrazo y un beso en la mejilla. Angélica me apretó la mano. Su ilusión, su desesperación. Ambas eran obvias en el brillo de sus ojos.

—¿Cómo has estado, Alberto? ¿Cómo te ha ido? —dijo.

—Hemos andado muy ocupados en la revista. Es verano y las nuevas telenovelas están empezando a salir. Además viene gente de Hollywood a hacer promoción y todo se hace un caos.

Angélica rio y se recargó en mi hombro. Sentí la flacidez de sus brazos pese a lo tonificados que se notaban bajo sus mangas. También olí su perfume y su aliento a cigarro.

—Así es esto de la farándula —dijo ella. —Una se tiene que mover con la atención de la gente o se queda atrás. A la fama y a la felicidad hay que perseguirlas.

Después de apretarme el codo se dirigió a Genoveva.

—¿Qué tal? ¿Ya está todo listo?

—Sí, señora. Un acompañante del señor Noriega está en la sala acomodando. ¿Le aviso que ya van para allá?

—Por favor, si eres tan amable.

Genoveva salió del recibidor. Angélica sonrió y me regresó su atención.

—Eras un bebé cuando te conocí —dijo ella maravillada.

—Sí, ¿verdad? —dije.

—Oh, sí. Un bebé. Tenías tus preguntas listas en una ficha pero igual estabas tiemble y tiemble. Era tu primera entrevista de portada, ¿no? Y mira. Ahora somos yo y mi libro los que dependemos de ti.

—Y con gusto —le mentí. —No crea que hago esto de mala gana.

Angélica suspiró. —Desafortunadamente conozco a muchos que sí lo harían. Sobra la gente ingrata. Si llegas a leer el libro vas a ver muchos ejemplos.

—Hablando. ¿Qué le parecieron las preguntas que le mandé?

Angélica me dio una palmada. —Muy buenas. Tengo preparándome desde anoche para darte el mejor material. En verdad que gracias por tomarte la molestia de mandármelas. Ya sabes que no es por ti —dijo, su expresión opacándose. —Es una mala costumbre mía. Desde aquella entrevista en vivo que tuve ya no puedo confiar en nadie. Ojalá no te ofendas.

Le tomé la mano y dije: —Para nada. Hay gente muy cabrona que quiere hacer su carrera con controversias. Regularmente son los productores los que les lavan el cerebro, pero usted sabe que la gente así no dura.

Angélica me sonrió otra vez, no con felicidad sino con paciencia. —¡Uff! Si supieras. Puedes ser ambicioso y cruel siempre y cuando no seas también pendejo. Créeme que habrá veces que no podrás evitar ser un hijo de tu madre. Si no la gente te traga viva. Les das la mano y te arrancan el brazo.

Me quedé pensando en lo que dijo Angélica mientras caminábamos todavía con su brazo enganchado al mío. Fue la primera vez que alguien me dijo una frase parecida, no con enojo sino con tristeza.

Llegamos a la sala y Omar nos dio la bienvenida. La iluminación estaba lista, dándole a la ya de por sí elegante sala un toque cinematográfico.

—Qué trabajo tan maravilloso hiciste, corazón —Angélica le dijo a Omar. —Pensé que dejarías nomás una luz aquí y allá. Acomodaste todo muy divino. Gracias por tomártelo tan en serio.

—Para nada. Un placer, doña Angélica.

Todo el sonido se esfumó de la sala. Escuché la nariz de Angélica silbar y supe que teníamos un problema. Regañé a Omar con una mueca.

Angélica se acercó a él, tocó su mano y dijo: —No me vuelvas a decir así, corazón, ¿sí? Tampoco soy yo una abuelita.

—Claro. Disculpe usted —dijo Omar, olvidando hacer pausas entre sus palabras.

—Voy por un vaso de agua —Angélica dijo. Su voz sonaba furiosa por cómo se contenía. —Ahorita vengo.

No me moví hasta que Angélica salió de la sala y empezó a gritarle a Genoveva. Me acerqué a Omar para ayudarle con los últimos detalles de la iluminación y así aprovechamos para hablar en voz baja.

—Se me olvidó, en serio. La cagué —dijo Omar.

—Y gacho. Te dije que no le dijeras ni doña ni nada de eso, pendejo.

—Se me pasó. Es la costumbre. ¿Qué otra cosa le voy a decir? Es una pinche momia, güey.

Omar miró la puerta por donde salió Angélica.

—¿Y ahora qué? —dijo. —¿Ya valió madre esto?

—Si acaso se toma un whiskey y unas pastillas y se porta como zombi toda la chingada entrevista.

—O nos corre a la chingada.

—Eso también.

Angélica regresó cinco minutos más tarde, sobria y en calma para nuestra sorpresa. Me dio un apretón amistoso en el brazo, aunque pude sentir todavía su pulso rabioso.

—Disculpen ustedes, muchachos. Necesitaba refrescarme.

—Para nada, Angélica —le dije. —Tómese su tiempo.

Angélica sacudió las manos y la cabeza. —No. Ya estoy bien. ¿Están ustedes listos?

Omar me dio un pulgar arriba.

—Más que listos —dije indicándole su asiento a Angélica.

—Por favor.

Nos sentamos frente a frente. Omar se quedó de pie buscando los mejores ángulos para las fotos. Como la iluminación era intensa, me quité el saco y me levanté las mangas; Angélica, profesional que era, no movía ni un músculo.

Fin de la Parte 1

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