Elogio a la Derrota

En el mundo de la lucha olímpica el nombre de Dan Gable es sinónimo de garra y grandeza. Pocos han igualado sus logros, entre ellos la medalla de oro en el campeonato mundial de lucha de 1971 y en los juegos olímpicos de 1972 –esto último sin entregar un solo punto. Gable después regresaría a su alma mater, la universidad de Iowa, a entrenar 152 seleccionados nacionales, 45 campeones individuales NCAA, 17 equipos campeones NCAA y 8 medallistas olímpicos.

Con este currículum tan impresionante y con una vida entera dedicada al deporte, Dan Gable es incapaz de perdonarse por una única derrota en 1971 ante Larry Owings en lo que sería la última lucha de su carrera universitaria. A sus 70 años Gable habla de ese evento con una emoción todavía fresca, lleno de un profundo remordimiento, rencor propio y tal vez vergüenza. Lo irónico es que nadie recuerda a Larry Owings. Es como dijo Billy Mitchell en la apertura del documental King of Kong: Eddie Rickenbacker tal vez haya sido el piloto norteamericano con más victorias en la Primera Guerra Mundial (25), pero todos lo pasan por alto en favor de Manfred von Richthofen –el famosísimo Barón Rojo– y de sus 80 victorias. La historia sólo tiene memoria para los victoriosos, los gigantes; aun así Dan Gable no pasa un día sin recordar el sabor de la derrota.

El artículo “The Losses of Dan Gable” (que se puede leer como Las Pérdidas o Las Derrotas de Dan Gable) publicado por ESPN nos pinta una perspectiva fascinante del hombre: Intenso al punto de la neurosis, Gable utiliza el esfuerzo físico extremo como sedante, una distracción de la agonía causada por la violación y asesinato de su hermana en 1964, un dolor que sofoca a otro.

Dan Gable

La posible desintegración de su familia por culpa de esta terrible tragedia fue el punto de quiebra para Gable. Si se dedicó en cuerpo y alma y a niveles sobrehumanos a la lucha fue para rescatar a sus padres y a sí mismo. Su entrega al deporte les permitió a sus padres concentrarse en apoyarlo y así olvidar el hueco dejado por su hermana. Cada victoria era un empujón contra la oscuridad; cada derrota le cedía terreno.

Un ejemplo similar es el de otro luchador olímpico y ahora peleador de artes marciales mixtas llamado Henry Cejudo. En el 2016, Cejudo se enfrentó al campeón de peso mosca de la UFC Demetrius Johnson, perdiendo por nocaut técnico ni siquiera tres minutos después de iniciada la pelea. Fueron dos meses de entrenamiento tirados a lo basura, sin contar las pruebas que tuvo que superar para ganarse la oportunidad. Cuando llegó la revancha dos años después, Cejudo enfrentó al mismo campeón deseoso no de ganar sino de evitar ser humillado de nuevo. Ese miedo fue suficiente para frenar al campeón y vencerlo por decisión dividida.

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Cejudo vs Johnson II

Meses después de su victoria Cejudo le confesaría a Joe Rogan, comentarista y podcaster, que su espíritu había sido quebrantado en la primera pelea y que estaba determinado a no repetir esa experiencia. Ese mismo dolor –o el pánico de revivirlo– le otorgó la fuerza para vencer al campeón con la mayor cantidad de defensas en la historia del deporte.

El miedo permitió acabar con una leyenda prácticamente invencible en el caso de Henry Cejudo, y en el caso de Dan Gable la forjó.

Nuestro concepto del éxito suele partir de emociones positivas. Pensamos en la victoria y vemos figuras jubilosas levantadas en hombros, brazos extendidos como si pudieran tocar el cielo. Nunca pensamos en el terror absoluto a la derrota, la derrota análoga a la muerte.

Este conocimiento me reveló que soy un perdedor, que he acumulado más derrotas, errores y tropiezos que triunfos y que ellos han construido mi carácter. Estoy sentado en un trono de basura y la vista está genial. Las personas que me humillaron, me insultaron, me rechazaron, me subestimaron y dudaron de mí me pusieron ahí. Me volvieron más fuerte, y como sé que no me lo hicieron de favor tampoco les daré las gracias.

Es como la anécdota zen donde un monje y su discípulo ven a un zorro perseguir un conejo. El monje observa que el conejo seguramente eludirá a su cazador, pues mientras que el zorro corre por su comida, el conejo lo hace por su vida. Dan Gable hizo lo mismo. Corrió y corrió hasta que sus miedos se volvieron un punto en la distancia y el horizonte se abrió por completo. El primer impulso se lo dio no el hambre de gloria sino la profundidad del abismo.

De esta forma, el éxito deja de ser la entrada a un mundo nuevo y se vuelve el escape de uno devastado.

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