DANCE MONKEY DANCE

El novelista español Francisco Umbral interrumpe el panel al que fue invitado para protestar. Aunque sus gestos encierran su ira y su voz es enérgica, sus palabras son medidas y firmes. Le recuerda a la conductora Mercedes Milá que él se presentó para hablar de su libro. Manteniendo ese tono desboca en contra del público, asegurándoles que si están tan hambrientos de su opinión que lean su columna semanal. Mercedes Milá lo observa con el semblante pálido. Titubea y abre los párpados, incapaz de creer lo que le está sucediendo. Ella trata en vano de mantener la dinámica del programa andando mientras que Umbral se muestra firme en su posición: abandonará el programa si no hablarán de su libro. Un miembro del público entonces lo invita a largarse, acusándolo de grosero e irrespetuoso. La palabra “ingrato” se atora en su garganta y escapa de su mirada.

Años más tarde, Meryl Streep recibirá un Globo de Oro y aprovechará la atención de los medios para criticar la polémica ola ultraderechista liderada por Donald Trump que sobrecoge a Estados Unidos. Los miembros de la “derecha alternativa” (alt right) invadirán las redes sociales y arremeterán contra la actriz. Dirán que Streep existe y trabaja únicamente para entretenerlos, por lo que mejor se concentre en hacer películas en vez de abrir la boca; después de todo, ella tiene todo gracias a ellos, al público. Ella es el mono, dicen, y nosotros el organillero.

Así es como a un artista lo crucificaron por reservarse su opinión y a otro por expresarla.

La relación entre el artista y su público es fascinante. Si el artista recibe suficiente atención inevitablemente se convertirá en líder de opinión. Su visibilidad le otorgará una plataforma para expresar sus opiniones y defender sus ideales si así lo desea. Así es como Bono, vocalista de U2, ha combatido las crisis humanitarias de África y como Leonardo Di Caprio ha lanzado exitosas campañas en defensa del medio ambiente; en contrapunto, así es como diversos atletas y celebridades han revivido la idea de que la tierra es plana y como el presentador de un reality show se convirtió en el hombre más poderoso del planeta.

El nivel de atención que se le da a un individuo atrae consigo legitimidad y autenticidad. La televisión, YouTube, Facebook y Twitter amplifican–para bien o para mal–las opiniones expresadas por quienes utilizan estos medios. El poder proviene no de la calidad del mensaje sino de la cantidad de personas que alcanza. Poco a poco nuestra atención se vuelve la moneda más poderosa del planeta, además de la más barata. La mayoría de nosotros la desperdicia o la regala.

Esta economía de la atención es explotada por quienes tienen no sólo recursos ilimitados sino también el dedo sobre el pulso de nuestra sociedad. Justo como lo reveló el hacker Andrés Sepúlveda en una entrevista con Bloomberg, eventos tan importantes como una elección presidencial pueden ser hackeados, y no a través de conspiraciones salidas de thrillers baratos o algo tan simple como alterar resultados electorales. Sólo se necesita de suficientes cuentas falsas (bots) en redes sociales para que repitan la información deseada hasta que su presencia y su insistencia la validen. Dicho de otra manera, los paradigmas hoy en día se forman no a prueba y error o capa y espada, sino a través de trending topics y memes fácilmente manipulables.

Meryl Streep aceptando el Globo de Oro.

Es formidable el impacto que tiene en este ambiente un artista con suficiente notoriedad. El verdadero artista–dedicado, si no es que obsesionado con su medio–difícilmente pide o acepta el rol de líder de opinión. Cualquier polémica que genere su obra es más una consecuencia que el objetivo. Por eso Marlon Brando dijo alguna vez que el artista le debe entretenimiento a su público y nada más. Edgar Rice Burroughs dijo también que el objetivo primordial del escritor es no desperdiciar el tiempo de los lectores.

Esta última cita es congruente con la anteriormente mencionada economía de la atención. Puedes enardecer a tu público. Puedes enfurecerlo, indignarlo, humillarlo, motivarlo, informarlo, enriquecerlo. Puedes hacer con ellos lo que quieras siempre y cuando no te olviden.

Aún así es peligroso caer en generalizaciones. La generalización es el arma de los cobardes, de los ignorantes y de los cínicos–que son, a su modo, cobardes ignorantes–. No hay fuerza que obligue al artista a tener una opinión. Tampoco una que le prohíba expresarla. Meryl Streep lo comprobó con su discurso, así como Axl Rose de la banda Guns N’ Roses en su reciente gira por Francia, durante la cual rompió una piñata a la imagen de Donald Trump. Las críticas no se hicieron esperar. Exigen–como si tuvieran derecho–que el artista no inmiscuya a la política en su espectáculo. Quieren ser entretenidos tal como lo explicaron Brando y Rice Burroughs, pero quieren además ser entretenidos en una forma pueril, estéril, inofensiva. Lo último que quieren es escuchar una opinión diferente, mucho menos recibir un reto intelectual.

El artista no está obligado a opinar, pero no por eso está eximido de hacerlo. Sin embargo, debe de existir un equilibrio entre el trabajo del artista y sus opiniones. Si hace de su arte únicamente un vehículo para opinar corre el riesgo de predicar y, aún más peligroso, aburrir.

Quizá el mito más grande sobre el artista es que al tener una plataforma para expresarse sus opiniones tienen mayor validez, mayor potencia, cosa que no podría estar más alejada de la verdad. Al opinar el artista se debe hacer merecedor del mismo escrutinio y crítica que cualquier otro, siempre y cuando no se limite ni se anule su capacidad para continuar opinando. Después de todo no podremos odiar a los hombres, pero no se puede decir lo mismo de sus ideas.

Un artista será muchas cosas, pero jamás un mono bailando para el entretenimiento de su público o un mártir político, ideológico o religioso. Si en algún momento se convierte en eso, ya sea por presión del público o miedo al mismo o por vanidad o por orgullo, es momento de que deje de ver el universo exterior y vea el interior, el mismo que lo impulsó a subir a ese escenario, esculpir aquel mármol o perseguir aquellas letras.

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