Cuando Escribo

“Yo construyo barcos. Los mando al océano y empiezo a trabajar en el siguiente.”
-Henry Rollins, The Joe Rogan Experience #906

En mis mejores momentos produzco arte por la alegría que me provoca; en los peores lo hago buscando el respeto y aprecio de otros.

Estas últimas semanas tuve que preguntarme por qué sigo escribiendo. En ese proceso de descubrimiento confronté la debilidad de mi carácter, el conflicto entre la búsqueda de la satisfacción personal y una obsesión neurótica por considerar a los demás, ser agradable y evitar ser una molestia.

Cuando todo funciona como debe, me siento frente a la computadora y escribo y las palabras fluyen y todo está bien, todo es lógico. En los peores agonizo cada palabra pensando en qué es lo que dirán ustedes cuando deje mi trabajo a su merced.

Escribo por el mismo motivo que el corazón bombea sangre, el oído escucha, los ojos ven y la mente piensa. Es una compulsión. Si no lo hago me confundo, me desoriento y me pongo difícil, como adicto ansioso por la siguiente conecta. Los avances más importantes de mi vida los he hecho en la privacidad del papel, vomitando mediante palabras barbaridades e incoherencias hasta que la cañería se destapa y el agua sale clara otra vez. También puedo escribir las cosas más espantosas –ciertas o falsas– sobre alguien o algo si lo deseo. En cuanto lo cierre nadie lo sabrá. Finalmente, puedo realizarme una autopsia hasta que encuentro el tumor que me consume, como lo hago ahora.

La intimidad del acto creativo me otorga una libertad irrepetible. En la soledad de las letras puedo ser héroe, villano, agresor, víctima, filósofo, orate, mago, farsante; y esa soledad es empoderadora. Dejo entrar a quien yo quiera y en mis términos, y si los ofendo o asusto no les debo ninguna explicación ni compensación.

Si no me interpongo en mi propio camino, hago todas las preguntas que la decencia o la vergüenza no me dejaban hacer y respondo todas las que siempre he querido que me hicieran.

La soledad del escritor es un lugar maravilloso y terrible. Reflejará todo lo que siente sin hacer juicios morales o estéticos. Si trabaja en su técnica no como un don metafísico sino como un oficio, el reflejo que arrojarán sus palabras será más y más claro hasta que el escritor se podrá observar a sí mismo sin filtros ni tapujos, y el lector igual.

Tengo frases, escenas, personas hirviendo dentro y tienen que hervir a la superficie para que yo siga funcionando, del mismo modo que el corazón bombea sangre aún en durante mi descanso más profundo. Escribo porque no tengo ninguna alternativa.

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