Borrarnos a Nosotros Mismos: Observaciones sobre Kafka y su “Carta al Padre” (Parte 2 de 2)

La presente publicación es la parte 2 de un análisis que hice en mi diario de la “Carta al padre” de Franz Kafka, documento de 103 páginas con el que el autor checo buscó enmendar la relación fracturada con su padre. Las entradas fueron ligeramente editadas por motivos de coherencia. Lee la parte 1 aquí.

#2: LA MANO OCULTA DE KAFKA
Viernes, julio 26, 2019

“La teoría de la mente es una expresión usada en filosofía, psicología y ciencias cognoscitivas y otras ciencias humanas para designar la capacidad de atribuir pensamientos e intenciones a otras personas (y a veces entidades). Aquí la palabra teoría tiene principalmente la acepción de ‘conjetura’, o mejor aún, facultad de advertir.” (Fuente: Wikipedia)

La teoría de la mente, que en inglés llaman “theory of mind”. La ficción fortalece esta facultad nuestra de advertir. Por ejemplo: cuando leemos “Orgullo y prejuicio” de Jane Austen, aprendemos cómo Austen escrutaba la realidad de la aristocracia británica; cuando leemos “Factotum” de Bukowski, apreciamos mejor cómo un hombre en su situación —alcohólico, errante, aislado— vivía un día a la vez; cuando leemos la Carta al Padre de Kafka, observamos cómo la relación fracturada entre el autor y su padre alteró la dirección de su vida en un modo fundamental e irreversible.

Ahora pongo en duda mi conclusión anterior sobre las intenciones de Kafka, pues incluso si pone en el estrado a su padre por todos los descuidos que tuvo hacia él y por su trato despótico, el mismo Kafka admite que hizo omisiones importantes respecto a ese maltrato. Sus palabras son palabras llenas de clemencia y, en cierto modo, amor, por lo que me retracto y afirmo que el objetivo de Kafka sí era el aliviar la relación con Hermann, su padre.

La crueldad no tiene lugar en la teoría de mente de alguien como Kafka, lleno de terror y autodesprecio, ya que intercambia sus roles entre fiscal y abogado defensor cuando explora el judaísmo que practicaba su padre, poniendo en evidencia sus irregulares visitas a la sinagoga y el diminuto rol que jugaba la espiritualidad en su vida y el éxito de su tienda; luego lo excusa con el pretexto de que las visitas a la sinagoga son una expresión de sus raíces, una costumbre. Él mismo juzga y excusa al acusado.

Otra señal de clemencia es la apelación que Kafka hace para al menos darle sosiego a su pobre madre, la eterna intermediaria a quien Kafka entregó la carta original, sabiendo que sería incapaz de enfrentar a la colosal, casi monárquica presencia de su padre. Ya me imagino la mortificación que experimentó cuando ella regresó la carta y —acorde a Rolo Diez— reveló que la había leído.

En conclusión, Kafka escribió la carta no en un arrebato de rebeldía o de cólera; lo hizo como muchos de los actos en su vida (hasta los creativos): abrumado, sobrecogido, con la espalda contra la pared.

#3: BORRARNOS NOSOTROS MISMOS
Sábado, julio 27, 2019

Terminé la Carta al Padre al eco de la frase: “Temía que la vergüenza le sobreviva”.

El daño está hecho. La vergüenza sobrevive. Quedó en evidencia la tiranía e ineptitud emocional de Hermann Kafka, y más aún el pesimismo, inseguridad, ansiedad y temor a la vida de Franz, su hijo el escritor, aquél que jamás se atrevería a nombrarlo responsable. Kafka, pues, culpa a su padre por sus maltratos y abusos y a sí mismo por soportarlos. No encuentra la malicia —o la asertividad (¿cuestión de perspectiva?)— para arremeter contra su padre por una vida en la que los logros parecían milagros, al punto que jamás confió en sus habilidades o en sus decisiones.

Kafka describe a la perfección el abismo entre él y su padre con su metáfora de los escalones: mientras que Hermann, el padre, tenía cinco escalones frente a él y los pisaba con decisión y de manera sucesiva, Franz tenía que llegar al mismo destino con uno solo y sin ayuda. Esto es evidente sobre todo en los fracasos sentimentales y matrimoniales de Kafka, aludidos en lo que es sin duda el punto de la carta más cercano al reproche y la rabia, lleno de amargura e indignación por la oposición de su padre y, trágicamente, por lo acertadas que eran sus críticas.

Muchas heridas, muchos descuidos, mucha fricción con terror de por medio. Kafka quiso que la relación con su padre no fuera un valle de espinas, pero para eso “todo lo sucedido habría que darse por no sucedido, es decir, borrarnos a nosotros mismos”. En la vida no hay reversa. Pensar lo contrario equivale a la “tacañería” descrita en la carta, en la cual te aferras a lo que tienes en tus manos porque piensas que es lo único que posees.

En mis investigaciones encontré un artículo que describía a Kafka como alguien que no necesitó una vida de excesos para escribir cosas increíbles. Falso. Kafka confesó en sus cartas a Max Brod que se acostaba con prostitutas para remediar su soledad —hecho que Brod censuró cuando heredó los derechos patrimoniales de su amigo.

Excesos. Cuando William Blake escribió en sus “Proverbios del infierno” que “El camino del exceso lleva al palacio de la sabiduría”, hablaba del exceso en toda la extensión de la palabra: exceso en el consumo de alcohol y alimentos, en la sexualidad, en los placeres terrenales, sí, pero también el exceso de miedo, de ansiedad, de duda, de autodesprecio y de sumisión. Ubica los extremos y encontrarás el centro. Si Kafka ubicó algún centro oscuro de la humanidad fue porque lo observó desde ese extremo del que fue prisionero, la isla en la que naufragó.

Su obra fue entonces un mensaje en una botella, flotando a la deriva con esperanzas de que alguien la encontrara. En palabras de “Silent All These Years” de Tori Amos: “Years go by/Will I still be waiting/For somebody else to understand?”


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