Boys Will Be Boys

Muchas veces la única manera de aprender a convivir en sociedad es estirar las normas de lo aceptable, cometer una grosería y ser corregido en un camino lleno de errores y pasos en falso. La educación es entonces no sólo enseñar sino saber corregir, no sólo aprender sino saber aceptar errores. No obstante, la obstinación puede detener nuestra capacidad de análisis, más aún si nos rodeamos de aquellos que validan nuestro comportamiento en vez de permitirnos mejorar.

Sólo hace falta ver los comentarios de cualquier publicación popular en redes sociales o las diversas comunidades en línea que promueven la intolerancia. Nunca faltará aquél que se regodea en hacer comentarios fuera de lugar y decir cosas que jamás diría en público o en persona. Cualquier desacuerdo con estos individuos nos hace un “progre”, un “neoliberal”, un “chairo”, es decir, nos reduce a una caricatura por ofender sus sensibilidades y convicciones. El ofendido contemporáneo utiliza la burla en vez de la violencia para ocultar su humillación y vengar su deshonra.

Es fácil ser un troll y hacer y decir todo con un dejo de cinismo, ya que el cinismo es el escudo de aquellos espantados por su propia ignorancia; asimismo, la última línea de defensa de un inmaduro social es la rebelión. El supuesto rebelde social es huraño, descortés, sexista, intolerante, racista, terco y contrario al punto de la neurosis. La realidad de las cosas es que aquél que se define a sí mismo por su espíritu de contrariedad, intolerancia y oposición es el producto de su propio adversario. Sin tener un blanco que atacar, el supuesto rebelde se vuelve una multiplicación por cero. Aquello que detesta y critica es lo que también, trágicamente, le proporciona su identidad. Explotará si no encuentra otro blanco para el odio, vergüenza, repugnancia y lástima que no quiere sentir hacia sí mismo. El retrato de la juventud norteamericana impertinente, conscientemente ignorante, ingenua y ultraderechista que Laurie Penny compartió en la revista Pacific Standard en febrero no es una particularidad sino un patrón.

Así se revela la ironía más profunda y más triste de aquellos que no desean crecer o madurar en nuestros tiempos, aquellos que se oponen a todo por no tener nada a qué entregarse. Rechazan y reniegan de lo que necesitan para tener un remedo de identidad e individualidad. Son, les guste o no, la oveja negra del mismo sistema de valores que rechazan y la oveja, por más negra que sea, no deja de ser una oveja.

Apoyo de todo corazón la búsqueda de una identidad a través de la inconformidad y la curiosidad, pero no podemos hacer de la ignorancia e ineptitud social la característica definitiva de nuestro carácter.

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