No Hay Aplausos Para Bill Evans

El pianista de jazz Bill Evans atrapó mi interés desde de que leí las notas que escribió para Kind of Blue, el icónico álbum de Miles Davis en el que participó. La comparación que hizo entre el jazz y las pinturas zen de tinta, indicando que en ambas el artista necesita crear sin detener la mente o de lo contrario lo echará a perder, me fascina —por algo hago referencia constante a ella. Es fácil identificarme con él y con su meticulosa búsqueda de la perfección.

Después me enteré que Evans era un ávido estudiante del budismo zen al igual que yo, y que fue él quien amplió el panorama espiritual de su entonces compañero John Coltrane, otro de mis ídolos.

EVANS EL PERFECCIONISTA

Según el famoso productor Orrin Keepnews, Evans se resistía a grabar su música en un studio, supongo por el miedo a darle permanencia a algo que por naturaleza es espontáneo e irrepetible. Mientras que algunos músicos (por ejemplo Donald Fagen y Walter Becker de Steely Dan) defienden su trabajo en el studio como la máxima expresión de su trabajo musical, Bill Evans prefería tocar en vivo. La disquera Riverside aprovechó esto, cambió sus tácticas y le propuso hacer una grabación en vivo de sus presentaciones en el prestigioso club neoyorquino The Village Vanguard.

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El famoso club ubicado en Greenwich Village

El resultado fue uno de los mejores discos de jazz en vivo de todos los tiempos, aunque ésa no es la razón por la que me cautivó.

¿Y EL PÚBLICO?

El álbum Sunday at the Village Vanguard (que adquirí a través de mis amigos en Capital Records) destella con fluidez, delicadez y dinamismo desde la primera nota. No hay prisa ni tensión ni ansiedad en la música. Es exacta y a la vez humana, casi espiritual.

Entonces sucede algo interesante al final de My Foolish Love, la primera pieza. Hay escasos aplausos. ¿Se escuchan una docena de personas si acaso? Lo cual es inaudito cuando recuerdas que uno de los mejores jazzistas –ni qué decir pianistas– de la historia acaba de tocar. Y al trío no parece importarle. Mantienen la misma calidad el resto del disco. El público les era irrelevante.

Esos momentos de calma entre el final de los aplausos y el inicio de la siguiente pieza dicen más acerca del compromiso del artista con su trabajo que lo que cualquiera podría expresar en un libro entero. Si una imagen vale más que mil palabras, la ensordecedora concentración de Bill Evans vale posiblemente más que un millón.

En ese silencio Bill Evans es el ideal que persigo, un artista que ejerce su oficio y prueba sus límites no por fama, mujeres, dinero o gloria, sino en respuesta a lo que únicamente puede describirse como un llamado a habitar el momento y ser la versión más pura, más hermosa, más hábil y más sabia que puedes ser.

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“En ese silencio Bill Evans es el ideal que persigo.”

SATORI

Dicen que John Coltrane estaba en una conexión tan profunda con la música que podía practicar piezas completas sin soplar una sola nota en la boquilla de su saxofón, que Stevie Ray Vaughan terminaba sus conciertos tan eufórico que no paraba de hablar del amor y de cómo su música servía para expresar que había amado, que nos amaba a todos. Escalofriante. Es como si la entrega total a su trabajo les diera acceso a algo más allá de ellos mismos –ya sea Dios o Buda o el Creador o un Poder Mayor– y esa conexión era el verdadero propósito de todo, la Máxima Recompensa.

A veces pienso que tengo contacto con esa energía, pero cuando llega —si es que lo hace— es en momentos demasiado breves como para sacarles provecho. Me hace falta la experiencia tanto para llegar a ese momento como para permanecer en él, pero estoy convencido de que existe, que es alcanzable y que con suficiente práctica puede invocarse a voluntad. Es lo que los japoneses llamaban satori, el despertar a nuestra verdadera naturaleza; es el equivalente a ver la vida como algo más que un parque de diversiones construido solamente para satisfacer placeres efímeros.

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“Es como si la entrega total a su trabajo les diera acceso a algo más allá de ellos mismos.”

Estoy casi convencido de que Bill Evans experimentaba eso cuando la música acababa. Me lo puedo imaginar tocando los últimos acordes de una canción, saliendo del trance y volteando sobre su hombro para observar al público, como diciendo: “¿Cuánto tiempo llevan ustedes aquí?”

Escucha Sunday at the Village Vanguard: YouTube / Spotify


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